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En los cincuenta años de Rayuela, de Julio Cortazar, algo sobre el concepto del Mandala



Cortázar durante mucho tiempo títuló la novela Mandala y sólo poco tiempo antes de darla a la editorial le cambió el nombre por Rayuela. La razón obedeció que el título  terminó por parecerle pedante y optó por un término que emanara experiencia lúdica y apertura de disgresión de normas, como  es la rayuela infantil. En Cuaderno de Bitácora de Rayuela, publicado por Ana María Barrenechea,  se encuentran las claves del tema del mandala  que obsesiona a Cortázar y que se encuentra diseminado por toda la obra.
Entre los innumerables personajes que Cortázar menciona en la novela: artistas, escritores, músicos, científicos, filósofos, apenas una vez se menciona al siquiatra y psicoanalista Carl Jung, un estudioso del tema de los mandalas y de la alquimia. Esta referencia ocurre cuando Traveler le dice a Oliveira que está harto de decirle que lea un poco de Jung. Aquí encontramos una valiosa clave para la lectura alquímica de Rayuela. Es innegable la influencia, ya sea directa o indirecta que el profesor alemán produjo en el autor. En sus obras Sicología y Alquimia  y Sicologìa y Religión  da un extenso manejo del tema del mandala  que mucho debió servirle a Cortázar para armar su novela sobre dicho concepto.
Pero, ¿que es el mandala  del que tanto se habla pero  tan poco se sabe?  Es preciso remitirnos a la filosofía oriental para encontrar el profundo significado . Digamos para empezar que el mandala  es ante todo un signo de contemplación en el lamaísmo y en el Yoga tántrico. En la presentación que Jung hace de la obra del sinólogo Richard Wilhelm, El secreto de la flor de Oro,  dice:
" La unión de los opuestos... no es un asunto racional, ni tampoco cosa del querer, sino un proceso de desarrollo síquico que se expresa en símbolos. Históricamente fue representado por símbolos y aún hoy se representa en el desarrollo individual de la personalidad a través de figuras simbólicas. Las fantasías espontáneas se ahondan y se concentran   paulatinamente en imágenes abstractas que aparentemente representan principios. Cuando las fantasías son principalmente expresadas  como pensamientos, entran en escena formulaciones intuitivas de  leyes o principios oscuramente presentidos que de inmediato son  dramatizados o personificados. Si las fantasías son dibujadas, surgen símbolos que pertenecen al tipo llamado mandala. Mandala  quiere decir círculo, en especial círculo mágico. No solo están los mandalas expandidos en todo Oriente, sino que también entre nosotros se hallan abundantemente atestiguados durante la Edad Media. Los cristianos especialemente han de ser situados a principios de la Edad Media, en su mayoría con Cristo en el centro y los cuatro evangelistas, o sus símbolos, en los puntos cardinales. En su mayor parte, los mandalas  tienen forma de flor, cruz o rueda, con una clara propensión al cuatro."
En otra parte, el mismo Jung aclara que los mandalas:
"no son adorados sino usados como símbolos de contemplación: sirven como modelos para la imaginación activa de la construcción del mandala individual. Cuando un individuo se ve afectado por un conflicto religioso o un grave problema personal, se hace un mandala y mediante ése trabaja por la solución de su problema interno. Psicológicamente es el mandala, al igual que el círculo, una representación de la totalidad síquica. Constituye un símbolo de conjunción, un símbolo que representa los sistemas parciales de la psique integrados en el sí mismo, en un plano superior, trascendente, o con otras palabras , la unificación de diferentes pares de contrarios en una síntesis superior."

Los mandalas  que conocemos y que están en templos son imperfectos pues simplemente representan una exteriorización de los mandalas  originales. Estas representaciones gráficas son efectuadas mediante diagramas geométricos rituales, generalmente contrapuestos y concéntricos. Por eso se le llaman a veces la cuadratura del círculo, tema que fue favorito de los alquimistas. Los mandala  son instrumentos para lograr la concentración y la contemplación y ayudar al espíritu a lograr ciertos estados místicos que le permitan cierto avance en su evolución, desde lo biológico a lo geométrico; desde el mundo de las formas corpóreas a lo espiritual. El mandala  es microcosmo, esquema del mundo, es panteón y jerarquía de las divinidades. Alude siempre al centro pero no lo representa sino que lo sugiere por la concentricidad de las figuras. Pero no solo es la representación del centro  sino también de los obstáculos para su logro y asimilación. En resumen  el verdadero y último mandala  es una representación mental e individual que se construye paulatinamente desde la imaginación y que parte de la necesidad de representar una idea que de otra forma se escapa del raciocinio del individuo.
En el Diccionario de Símbolos, Juan Eduardo Cirlot afirma que el mandala  es una imagen sintética del dualismo entre diferenciación y unificación, variedad y unidad, , exterioridad e interioridad, diversidad y concentración. Es la exposición plástica visual, de la lucha suprema entre el orden y el anhelo final del unidad y retorno a la condensación original de lo inespacial e intemporal.
Pero veamos como el autor se nutre del concepto del mandala  para construir la novela. Rayuela es la búsqueda en espiral, del centro del sí-mismo de sus personajes,  principalmente de Horacio Oliveira y Manolo Traveler. El uno desde París y el otro desde Buenos Aires.  Ambos llevan sus vidas a través de  vericuetos de  laberintos de estas dos ciudades que constituyen el eje Europa-Sur América, en un afanoso e incansable viaje hacia lo que ellos llaman simplemente el centro. Pero también es la fusión de los opuestos entre París y Buenos Aires, el cosmopolitismo de la primera y la calurosa pesadez del Buenos Aires de los años cincuenta. Fusión a la vez entre el racionalismo cartesiano occidental y el conocimiento intuitivo de Oriente, entre el desorden de Oliveira y la perfección de La Maga, su amante uruguaya en París. Rayuela es confluencia de oposiciones entre Traveler, el amigo de juventud de Oliveira y su compañera Talita . París es una metáfora dice Oliveira, un mandala, al que jamás se llega a conocer totalmente. Oliveira tratar de llegar al centro de París a través del conocimiento de la clochard,  la mendiga típica de las calles parisinas , que representa el substrato más bajo  de la ciudad luz. En el capitulo final de la primera parte,  llega casi a una comunión con Emanuelle, la clochard, fétida y borracha en una aventura escabrosa a orillas del Sena.
Oliveira es el perfecto metafísico que se pasa la vida buscándose el centro de sí mismo, la figura cuasi divina que vimos está en muchos mandalas. Es una búsqueda desesperada donde Oliveira desea dejar caer todo lo que le rodea para ver si así encuentra el verdadero centro, lo que él llama,  eje, razón de ser, omphalos. Pero esta búsqueda le lleva a caer en la incomunicación total y pensar que sus peligros son solo metafísicos, los mismos que le llevarán a la locura. Oliveira gira en torno al espiral del Mandala, vive buscando cuál es la entrada y no la encuentra. En sus sueños mandálicos imagina que está en todas partes, que posee el don de la ubicuidad. Pero  termina resignándose y admite que le va a doler el resto de su vida no poder hacerse una idea de  qué es el centro, o sea no poder jamás llegar a su propio yo o sí-mismo. Oliveira busca escaparse de su soledad con lo opuesto que es el gregarismo, lo que llama la gran ilusión de la compañía ajena, solo para darse cuenta que esta soledad es peor aún. Es el hombre sólo en la sala de los espejos. El lamento último es saberse sólo, conocerse al borde de la otredad y no poder franquearla, porque para hacerlo se necesita la mano desde afuera, desde lo otro para que se la tienda, pero esta no existe. Al final de la novela, cuando Oliveira intenta suicidarse en el manicomio, dice en un momento que no sabemos si de lucidez o de desvarío, al ver abajo de la ventana una rayuela pintada en el cemento, que si se tira es probable que caiga en el cielo, o sea en el centro o eje principal de la Rayuela.
La teoría la sintetiza Cortázar en una anotación casi al margen de su Cuaderno de Bitácora. Dice: "la teoría del mandala es la búsqueda del centro, la necesidad del gran desorden, en la Argentina, en el hombre, en el Cosmos." Esa es la forma como Traveler y Oliveira tratan de desafiar el Gran Orden Cósmico, retando, primero mediante la duda metafísica, luego a través de tomadura del pelo y finalmente mediante las posibilidades lúdicas que la locura ofrece para llegar al centro de sus propios mandalas. La respuesta final de si logran o no ese ansiado centro es un enigma abierto al lector.


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