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A 40 años de la muerte de León de Greiff: El extraño universo de León de Greiff, por Orlando Mejía Rivera


La poética del vate nórdico-antioqueño León de Greiff sigue generando estudios y análisis por parte de la crítica literaria. En este 2016 se cumplen cuarenta años de su muerte y de algún modo, para conmemorar esa fecha, llega a las librerías el libro El extraño universo de León de Greiff publicado por el Fondo Editorial Universitario de Eafit a fines del año pasado y realizado por el juicioso escritor caldense Orlando Mejía Rivera, quien ha demostrado, además de sus dotes de narrador (Premio nacional de novela Colcultura con su obra Pensamientos de Guerra) que su más avezada faceta es la de ensayista. Entre su obra crítica se destaca De la prehistoria a la medicina egipcia, libro de ensayo científico, y De clones, ciborgs y sirenas, así como Cronistas del futuro, ensayos sobre escritores de ciencia ficción, entre otros.
Es curioso mencionar que precisamente en la fecha de la muerte del poeta, 1976, apareció otro enjundioso estudio producido por el poeta caleño Lino Gil Jaramillo, A tientas por el laberinto poético de León de Greiff en donde se califica a de Greiff como “ministril, trovero y juglar”; cuarenta años después, la obra del antioqueño sigue generando interés. Por ello, no hay duda de la vigencia de la obra de un poeta incómodo para poetas, críticos —algunos lectores, también—  contemporáneos suyos y actuales. León de Greiff es a todas luces un poeta inclasificable, inasible, irreductible, para no pocos indescifrable y farragoso, pero para otros tantos genial, superior, maestro como ninguno de la melodía, la cadencia y el ritmo en la poesía. Ya de por sí, su exotismo proviene de una extraña estirpe entroncada con los vikings (que no vikingos) escandinavos, pero igualmente emparentada con las nobles tierras del Zipa y del Zaque, y más específicamente, con las tórridas tierras trasegadas de Bolombolo que baña el bajo Cauca, ni qué decir de su natal y  metafórica Zuyexawivo, más conocida por otros, menos versados en las lides degreiffianas y más prosaicos, como Medellín, en el valle de Aburrá,
Mejía Rivera, realiza un estudio, compacto,. conciso, que no alcanza las cien páginas, en cuatro capítulos; es en realidad una ampliación de un ensayo preliminar publicado en el 2008 en la Revista de la Universidad de Antioquia titulado León de Greiff, el budismo y los otros, desde el cual traza una clara influencia del pensamiento oriental en la poética de de Greiff. La hipótesis principal de Mejía Rivera alude a que la obra entera del poeta está atravesada por una clara “intuición búdica” en la que reina el escepticismo, la sospecha, la extinción del yo y la “nadidad”, todo lo cual desvela una clara visión budista de la vida humana. De Greiff no es el primer occidental que se deja influir de ese pensamiento en los siglos XIX y XX; ya de por si Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger dejan traslucir en su obra la profunda admiración por el pensamiento budista y zen. Por igual, los poetas franceses Bourget, Laforgue, Lautremont, Verlaine y Baudelaire —todos leídos por de Greiff— evidenciaron admiración y fascinación por los conceptos de Nirvana, la Nada y la fatuidad de lo material.
El primer capítulo “La polémica de la crítica literaria por la ubicación histórico-literaria del poeta” está dedicado a una análisis necesario pero estéril: el recorrido de la crítica desde los mismos tiempos del poeta, hasta nuestros días de tratar de encasillar a de Greiff dentro de alguna vertiente o escuela de la época: que si simbolista, que si vanguardista, que si modernista, que si premoderno o barroco. Todos estos vanos intentos de tratar de forzar la obra de de Greiff dentro de un molde y estereotipo con el único fin de fijarlo, aislarlo, diseccionarlo y admirarlo o vilipendiarlo. Nada más vano que este ejercicio; pues tan pronto se encuentra un verso o dos que probarían la militancia de de Greiff en uno u otro campo, aparece otro que desdice lo anterior y prueba lo contrario. Mejía Rivera dedica el mayor esfuerzo de su ensayo a este capitulo, el más largo (27 páginas) a un asunto que ya todos sabemos y es la unicidad de la poesía de de Greiff, la singularidad de su múltiple temática, para no hablar de su exquisito uso del lenguaje; de la cadencia, la musicalidad.
El segundo capítulo, “El universo lingüístico y musical” recaba sobre una de las facetas más conocidas y analizadas del poeta antioqueño y es precisamente, lo que acabamos de mencionar: la musicalidad, el ritmo, la polifonía de sus versos, el estribillo, la cadencia, el juego de palabras, la asonancia y la consonancia, la aliteración de palabras exóticas que yuxtapuestas dan un timbre tan característico como personal en la obra degreiffiana. Si volvemos a la citada obra de Lino Gil Jaramillo, hay allí un magnifico “Lexicón” que recopila el amplísimo vocabulario del que hace uso el poeta. Por ejemplo, bajo la efe: “faca, fagote, falciosa, faunal, fanfarria, farandúlico, farauta, fáunico, fáustico, famélico, filaspídea, funámbulo, flámula, fumívoros, foleto, falena, furaz, fuliginoso, fulvo, fonje, foliculario,  filosofículo, fata, fusca”…, etc.
El tercer capitulo, quizá el más original y profundo, el que más aporta al acervo crítico de la poética de Léon de Greiff, es la apuesta que hace Mejía Rivera para hallar en la misma una fuerte influencia del pensamiento oriental. Para ello, hace un minucioso recorrido para encontrar innumerables citas en al menos tres de las principales obras del poeta: Tergiversaciones, Libro de signos y Variaciones  alrededor de nada. Versos como “Jardines solitarios, desde cuyo/ señero penumbrar me constituyo/ en abúlico Buda indiferente” o “Yo aspiré las redomas/ donde el Nirvana enciende los sándalos simbólicos” o “..Una sombra en la sombra: quieto Buda/ dormitando en la Muerte o en la Vida” o “Como un Budha/ —en la pagoda/ muda y desnuda/ inmóvil— yace la ciencia toda/ quieta y callada:/ ¡nada!” o “Gautama soy, Gautama, el propio Budha!” y “Tengo sed de búdicos Nirvanas”, por sólo mencionar unos pocos de los muchos citados en el capítulo, parecen dar fe de la hipótesis de Mejía Rivera y que parecería difícil controvertir, en especial, como pasa el autor a demostrar en el análisis del concepto de Nirvana, —que quiere decir “extinción”— en donde se disuelve el yo y lo múltiples yoes que pueden habitar dentro de nosotros; y en de Greiff sí qué es cierto que moran múltiples yoes: los famosos heterónimos como Sergio Stepanski, Gaspar von der Nacht, Erik Fjordson, Leo Le Gris, Ramón Antigua, entre otros.
El ensayo cierra con un breve capitulo que vuelve sobre los temas más conocidos del poeta: el amor, la muerte, el silencio y la ironía. En resumen, digamos que leer este corto estudio sobre León de Greiff es reconfortante y estimulante; lo primero para aquellos admiradores de la extensa obra del vate antioqueño que aquí pueden confirmar y corroborar ciertas intuiciones que Mejía Rivera se encarga de precisar con lujo de detalles; y lo segundo para aquellos, los más, los nuevos lectores que hasta ahora se adentran en ese “extraño universo de León de Greiff”.
Y con todo, queda la duda de si es posible, de nuevo intentar encasillar a de Greiff como un poeta “búdico” o de orientación orientalista. Otras lecturas permitirían aseverar que es un poeta medieval y trovador o irónico y “mamagallista” o sombrío y nocturno. De nuevo, cualquier intento de clasificar lo inclasificable  desemboca en ejercicio inútil, fútil. Mejía Rivera hace un meritorio esfuerzo para demostrarnos con su hipótesis búdica lo que el mismo ha atacado en el capítulo uno del ensayo: la imposibilidad de matricular a de Greiff en una escuela, una temática o una ideología. El mismo de Greiff lo admite, en un verso citado por el propio Mejía Rivera: “Resulté mal budista, si asaz contemplativo”. Dentro de los arquetipos jungianos que Mejía Rivera bien conoce, podría intentarse más bien ubicar a de Greiff en el llamado explorador, aquel buscador incansable, incapaz de apasionarse por una sola idea, insatisfecho por naturaleza y probador y catador de cuanto néctar, flor, tabaco o muslos se le presentan en su día a día.
No es para soslayar que aún muchas antologías de la poesía colombiana desdeñan o excluyen del todo la obra de Greiff; a los antologistas les gusta más destacar por estos días a Arturo como el sol más fulgurante de la constelación poética nacional. A mi, a Mejía Rivera, y seguramente a unos cuantos más, nos parece que de Greiff no tiene parangón entre muchos otros excelentes poetas, no sólo nacionales sino del idioma español.

Orlando Mejía Rivera
Por último es indispensable resaltar la preciosa edición del ensayo, ilustrado con duotonos y fotografías del poeta (algunas muy conocidas y otras no tanto), que hacen de la lectura de este libro de Orlando Mejía Rivera una delicioso viaje por la poética de Léon de Greiff. Es imposible leerlo sin salir de inmediato a revisitar de nuevo la obra de si no el mejor, uno de los tres que están en el podio de la poesía colombiana.


Philip Potdevin

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