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Abril Borrascoso: una reseña a la obra «Cervantes se Muere» del escritor Philip Potdevin

 

                    «…ya con el pie en el estribo, pero no con las ansias de la muerte,

como el divino Cervantes»

                                                                                                                            

  A. J° Restrepo

           


Nos encontramos frente a un libro nada convencional. Es la nueva obra de Philip Potdevin que nos llega como las anteriores presentadas por la editorial Opus Magnun, en una caja de impecable encuadernación: las olvidadas fajas que promocionan el libro, una carátula rigurosamente presentada con solapas y unas bellas guardas rojas para el mayor cuidado del libro.  La portada con el título en rojo, rubricación tan característica de los textos de la edad media, así como la iconografía que la acompaña son elementos editoriales, que hacen parte de la “anatomía” impecable del libro, y que estuvieron en auge en los años setenta en los libros editados por el Instituto Caro y Cuervo en Colombia. El interlineado es agradable y facilita la lectura, los párrafos están bien logrados y benefician el ritmo lector. En su totalidad lo paratextual del libro, es una destacada edición que en los tiempos que cursan, es una excepción que amerita custodia en los anaqueles de las bibliotecas.

Los varios epígrafes a los que también el escritor nos tiene habituados para abrir sus obras, se redujo a uno. Sin embargo, el solo, es la clave lectora del texto y nos permite adentrarnos en el contenido.

La técnica narrativa es la misma que utiliza el mencionado autor del epígrafe, Tomas Bernhard en la obra Goethe se muere de 1982. Goethe, alemán, en su lecho de muerte pide que lo visite L. Wittgenstein, vienes como el autor: T. Bernhard; en la obra de Potdevin, Cervantes, español, pide que lo visite un colombiano nacido en la tierra del autor. Es un desafío atreverse a escribir bajo un esquema narrativo predeterminado. A algunos escritores no les agrada retomar la estructura de una obra anterior. Philip Potdevin se arriesga, ya lo había utilizado en su obra anterior: Las Murallas del mundo inmenso, 2025.  Lo hace como una forma de tributo a J. C. Onetti, al escritor que ha sido un referente para su obra.

En primera persona, un narrador testigo, siempre al lado de Sansón Carrasco y desde el marco de la ventana, mira lo que sucede en la habitación del moribundo y en la calle y de todo da cuenta al lector.  El uso del tiempo interno en la obra, ofrece viajes al pasado y al futuro, estando en el presente, rompiendo la noción de un tiempo lineal convencional.

Ponderamos la pericia del escritor.  Un narrador desde su mirada educada recrea fielmente el ambiente del siglo XVII creando una geografía local y atmósfera especial. El uso del lenguaje a través del diálogo nos remonta al siglo de Oro, lo logra con precisión, retrayendo el dialecto y las muletillas con la donosura y bizarría de la época.  Que, en su lecho de agonía, Cervantes esté acompañado hasta de sus personajes, es una mofa a la realidad, la desmesura en el entorno de la habitación con una mezcolanza de personajes, algunos reales que convivieron con Cervantes y otros ficcionales, es una muestra de lo satírico y burlesco del relato, características de la narrativa cervantina.  Un tono muy logrado, carnavalesco de lo trágico y lo cómico, donde se recrea una petición del Manco de Lepanto y un codicilo muy particular que sorprende a los personajes expectantes: el deseo de Cervantes de ver en sus últimos suspiros a «Márquez, el indiano», de oír de viva voz sus «estupendas novelas», de «escuchar la voz de Márquez leyendo con su acento indiano», «García Márquez».  Y con ese guiño burlón que tiene la obra, nos recuerda que el calificativo de “indiano” se usó por los peninsulares a principios del siglo XX , para despectivamente referirse a otro príncipe de las letras: Rubén Darío, quien, en la obra, también hace fila en la Calle de los poetas para acceder al maestro de «la novela moderna», y en la hilera también espera   Miguel de Unamuno que en su ambivalente relación con Rubén Darío dice: «a Rubén se le veía las plumas de indio debajo del sombrero».

En  la fila de continuadores de la prosa cervantista, que esperan en la calle para ser llamados por Cervantes, ─inventario que sería interminable─, no está el ecuatoriano del siglo XIX don Juan Montalvo, con su prosa castiza y pulcra, también fundida en un humor creativo,  se burlaba de sus detractores de manera socarrona, seguidor íntimo de la vida y obra de Miguel de Cervantes, autor del libro intitulado Los capítulos que se olvidaron a Cervantes con el insinuante subtítulo: Ensayo de Imitación de un libro inimitable; donde muestra su dominio y destreza en el lenguaje; el colombiano Tomas Carrasquilla no muy adepto a la prosa rebelde de J. Montalvo lo tildó de “acervantado”. 

A  406 años de la muerte del  Príncipe de los ingenios, la obra “Cervantes se muere” es una bella y lograda evocación de aquel abril borrascoso, es una clarísima invitación a revisitar la obra de Miguel de Cervantes y  a entrar en su biografía.  Cervantes se muere” es un libro impecable, estimulante. Lo contado por Potdevin, como elucubración, tal vez es la frustración que mejor le convenía al mundo de las letras, la consecuencia de no haber podido viajar, a la Nueva Granada a Cartagena de Indias, «…en una carabela…para alguna vacante…» Si el viaje se hubiera realizado a lo mejor, no se hubiese erigido la figura universal del Manco de Lepanto.

 

Jorge Alberto Gómez Arenas

Tertulia Literaria Cismátikos



Cali septiembre 2026

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