Una lectura crítica de "Pensar por uno mismo: cuidar la democracia de los fundamentalismos políticos", de Juan Carlos Mantilla García
Han llegado a mis manos, gracias a la generosidad de
una persona amiga, dos libros de Juan Carlos Mantilla García, politólogo y
actual director del departamento de estudios sociohumanísticos de la
Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB). Me ocuparé aquí de Pensar por
uno mismo: Cuidar la democracia de los fundamentalismos políticos (Unab Editorial/Siglo
Editorial, 2026). Del otro, La lotería de la vida: fundamentos y
desafíos de la ética aplicada, habrá la oportunidad más adelante de
comentarlo. Confieso que el primer título llamó mi atención de inmediato. Intuí
una profunda resonancia con la invitación a una postura que defiendo en estas
épocas en que el ejercicio del pensamiento crítico es algo cada vez más difícil
de desarrollar.
Por ese motivo leí el libro con atención, admiración y
deleite. Nada mejor para comenzar una buena lectura que una bella carátula,
además de una edición impecable, bien diseñada, diagramada e impresa, aspectos
que muchas editoriales suelen descuidar en detrimento de la calidad de la obra.
Más allá de lo formal, encontré una lúcida exposición de ideas que animan e
inspiran al autor. Es notable la fluidez y solvencia con que argumenta y
desarrolla los temas; su documentación es amplia y profunda; las fuentes son
serias y sólidas, los ejemplos que trae para ilustrar sus tesis son actuales y
pertinentes. En resumen, el libro acusa un absoluto rigor metodológico. A la
par, el estilo empleado, sin dejar de ser académico, permite una lectura ágil y
provechosa. Supongo que el público objetivo principal son las nuevas
generaciones, propensas a dejarse llevar por influenciadores de poca o ninguna
monta intelectual.
Por lo anterior, celebro y aplaudo la publicación de
esta obra; la recomiendo como una meritoria introducción al pensamiento
crítico. Ante el imparable avance de la IA que se cierne sobre la humanidad
para arrinconarla y dejarla postrada en un estado de irrelevancia, todo
esfuerzo para resaltar el pensar por uno mismo es más que loable.
En ese sentido, vale la pena traer a colación un
estudio publicado en estos días por The Wall Street Journal (adelantado junto
con Philip Morris International —empresa que lucha por reinventarse y dejar
atrás su sombrío pasado cubierto de humo de tabaco— titulado The Cognition
Index Research Report. En él se explora de qué manera, en una época en que
la IA redefine la forma como trabajamos, la cognición humana se enfrenta a un
cambo sin precedentes. La pregunta que plantea es: ¿De qué manera las
capacidades humanas pueden apuntalar el progreso de la humanidad a la par de la
evolución irrefrenable de la IA? No es sorprendente el resultado que arroja el reporte:
es imperativo que el ser humano mantenga, si no la delantera, al menos su
autonomía en dos campos: el pensamiento crítico y la capacidad de mantener un
juicio ético. Curiosamente, áreas que Mantilla García cubre respectivamente en
sus dos libros. No hay duda de que anda bien enfocado.
¿Cuál es la hipótesis que aspira demostrar Pensar
por sí mismo...? Una sencilla y contundente: que la democracia como forma
política y social está hoy seriamente amenazada por los extremos de izquierda y
derecha. Los llamados fundamentalismos son la principal y más grave amenaza a
la supervivencia de la democracia, y ante ello, lo que está al alcance del
individuo de la calle es aplicar en sus decisiones, en su accionar, el
pensamiento crítico; es decir, pensar por sí mismo y no dejarse influir de
todas las formas que hoy asedian al sujeto para alienarlo en su soberanía
personal. Desde esta premisa, el autor articula y construye su edificio
argumentativo.
Para demostrar lo anterior, dedica la primera mitad de
la obra (más de 130 páginas, quizás demasiadas) a explicarnos cuidadosamente en
qué consisten los fundamentalismos de derecha e izquierda, a plantear preguntas,
desmontar algunas creencias y falacias y aclarar interrogantes sobre cada uno.
Esfuerzo encomiable dados los sesgos que existen sobre los extremos del
espectro ideológico y político. Si bien explicar qué es la derecha y qué la
izquierda (y sus extremos) ha sido suficientemente analizado por autores como
Norberto Bobbio en 1994 (Derecha e izquierda: Razones y significados de una
distinción política) y Gustavo Bueno en 2003 y 2008 (El mito de la
izquierda y El mito de la derecha), es comprensible que Mantilla haya
recapitulado sobre el asunto para ilustración de sus lectores, pero a un costo
demasiado alto, pues deja poco margen para desarrollar su argumento a favor del
pensamiento crítico.
Habiendo dicho lo anterior, presentaré algunas
observaciones a lo que el autor ha pretendido elaborar y en qué puntos tengo
diferencias de fondo con su argumentación.
Mi primera inquietud es en qué aguas bebe Mancilla
García. Llama la atención, siendo él pensador colombiano, latinoamericano, que
sus fuentes sean no las del mundo al que pertenece, el Sur, por llamarlo de una
manera genérica, con todo lo que esto implica, sino las del liberalismo
político anglosajón: Rawls, Nussbaum, Pinker, etc. ¿Dónde deja los discursos
subalternos de Guha y Spivak? ¿Acaso no reconoce o se identifica de alguna
forma con los discursos poscoloniales de Said, Bhabba y la misma Spivak? ¿Es lo
mismo hablar de las democracias latinoamericanas —y la colombiana—, que de la
norteamericana o las europeas? ¿Cuál es, específicamente, su lugar de
enunciación, es decir, cuál la posición social, histórica, política, cultural y
subjetiva desde la cual produce su conocimiento?
El hecho de que el marco teórico sea el Fundamentalism
Project de Martin E. Marvy y R. Scott Appleby de la Universidad de Chicago,
¿no revela acaso la primera grieta al refugiarse en el academicismo anglosajón,
tan preciso, tan riguroso, tan exhaustivo, tan elocuente, pero de igual forma
tan desconectado con la realidad del mundo más allá de la anglosfera? ¿A qué
abrevaderos del pensamiento latinoamericano, que repele y sospecha de visiones
eurocéntricas y anglosajonas (Dussel, Fornet Betancourt, Echevarría, Beuchot,
García Canclini, etc.) se alcanza a asomar el autor, al menos por curiosidad
con lo suyo, con lo nuestro, con Nuestra América? ¿Acaso no es esto
evidencia del primer sesgo en que el autor cae y le impide "pensar por sí
mismo"?
La segunda observación que hago al hilo argumentativo
es de fondo. El autor defiende, de tapa a tapa, una hipótesis unívoca: “El
problema debe plantearse de manera clara: la democracia está amenazada por el
auge de tendencias políticas extremistas…” (p. 171). Es decir, el gran riesgo
de la democracia lo constituyen los fundamentalismos de derecha e izquierda; en
otras palabras, si logramos "cuidarnos" de ellos, como lo dice el
título del libro, la democracia estará a salvo. Y a continuación: “La
polarización es la división de la sociedad en dos bandos opuestos incapaces de diálogo
o de comunicación constructiva”.
El autor, orientador en la UNAB de la Cátedra Mundo,
parece ignorar que estos extremos —o la polarización—, están lejos de ser la
principal amenaza de la democracia. Lo que ha socavado los cimientos de este
sistema no son los fundamentalismos políticos sino lo más profundo,
consustancial y endémico de nuestras sociedades, aquello que ocurre en el
espacio alejado de los extremos. Mantilla ha pasado por alto la potencia
corruptora y destructora de democracia que ejercen los grandes poderes de la
sociedad, que repito, no son ni de extrema derecha ni de extrema izquierda,
sino poderes enquistados en ella hasta el punto de amalgamarse, fundirse y
formar un nudo gordiano inextricable, comenzando por el país político: “polítiqueros
de oficio”, legisladores, magistrados de las altas cortes (cartel de la toga,
por ejemplo); pero también el país privado: grupos financieros, lobistas,
carteles del consumo (pañales, lácteos, cuadernos, ultraprocesados); igualmente,
grupos internacionales: laboratorios farmacéuticos, grandes medios que protegen
intereses específicos, megaempresas de infraestructura y de tecnología; y en no
menor grado, el Estado mismo y los gobiernos de turno: las entidades y oficinas
gubernamentales, las fuerzas armadas, los contratistas del Estado, etc..
La lista de “destructores de democracia” es
interminable. ¿Acaso no es la corrupción extendida en todos estos ámbitos,
generalizada, tolerada, normalizada “a sus justas proporciones" lo que ha
minado y demolido las bases de lo que es o debe ser una democracia? Allí no hay
fundamentalismos políticos; allí está la sociedad actual en lo que es, tal como
es. Y, como si fuera poco lo anterior, ¿dónde queda el otro agente demoledor de
democracia, el crimen organizado, las tres megamafias internacionales: narcotráfico,
trata de personas y apuestas? ¿Y qué de los grupos ilegales armados, guerrillas
y paramilitares? ¿No constituye todo lo anterior la miríada de misiles que han
penetrado lo más profundo de la sociedad —no solo la colombiana—, para hacer
volar en mil fragmentos la promesa de una prístina, legítima, anhelada
democracia? ¿Hay allí extremos, fundamentalismos políticos?
La tercera objeción va en la misma línea, pero llega más
lejos. Para Mantilla, la democracia está viva y hay que preservarla; en mi
opinión, está muerta —para gran pesar de la humanidad, de Occidente, de
nuestras generaciones, la mía y la del autor—; hay que sepultarla y darle paso
a nuevas formas de organización política, social y económica. Así lo he
expresado en diversos artículos y publicaciones, en el portal Alponiente.com,
en Le Monde Diplomatique edición Colombia, pero, en especial, en Las 99
antítesis: contrapensamiento a las ideas imperantes (Opus Magnum, 2026).
Tratar de revivir la democracia es tan factible como hacer levantar un caballo
muerto a punto de golpes. Pero aquí no se trata de ventilar ideas propias sino
de profundizar en las del autor de Pensar por sí mismo...
Con todo, el autor es consciente de la fragilidad
actual de la democracia; reconoce que a esta la tienen “contra las cuerdas”. En
el tercer capítulo “¿Qué está pasando hoy con la democracia?", se ocupa
del asunto. Al leerlo, no pude evitar la sensación de que, después del esfuerzo
demandado por la primera parte, aflora un desgaste argumentativo. Un rasgo que
se hará más evidente en el siguiente capítulo. Pero centrémonos en qué dice
Mantilla sobre lo que hoy sucede con la democracia. En primer lugar, da
ejemplos de cómo la democracia en diversos países ha logrado sobrevivir a
varias cargas explosivas: el intento de Uribe de asegurarse una nueva
reelección, el asalto al Capitolio por seguidores de Trump en rechazo a los
resultados electorales, la transición en Sudáfrica del apartheid a un
régimen pluralista, etc. En seguida, se ocupa de los factores de riesgo
actuales de la democracia. El autor reconoce que la democracia —si no ha
expirado, como yo afirmo—, está profundamente afectada por una crisis de
legitimidad provocada por la insatisfacción económica y social de los votantes,
aquellos que la mantienen viva en cada convocatoria electoral. Y establece:
"La promesa fundamental de la democracia es que los ciudadanos controlarán
las instituciones que los gobiernan y las orientarán a través de mecanismos
directos como el voto e indirectos como la libre expresión de la opinión y la
crítica" (p. 150). Sin embargo, al mismo tiempo concede, citando fuentes
veraces como el PNUD y Latinobarómetro, que "los ciudadanos están
sintiendo con mucha fuerza que la democracia incumplió su principal promesa, la
de representarnos, y que la política perdió la conexión con la gente común y
corriente, transformándose en una actividad alejada y oscura, que funciona con
sus propias lógicas opacas e inaccesibles, creando además una élite de
políticos que viven entre los privilegios..." (p. 150).
Pregunto: ¿acaso no reconoce el autor aquí, implícitamente,
que la ciudadanía —la que sostiene el sistema con sus votos—, al dejar de creer
en la democracia ha expedido su certificado de defunción? Mantilla continúa
dando puntadas hacia aquello difícil de aceptar para quienes todavía creen en
la democracia; cada vez más personas sienten que no tienen control sobre la
propia vida, lo que en inglés se denomina "falta de agencia":
"Es inevitable que los ciudadanos responsabilicen al sistema político por
las condiciones sociales y económicas que experimentan en sus vidas, pues la
democracia se origina en un compromiso con la dignidad humana, con las
libertades y con los derechos fundamentales" (p. 154).
La otra situación que afecta la democracia, según él,
son las redes sociales y la IA: "las redes sociales... han tenido un
efecto radicalizador, [y además de esto, está] el potencial de desinformación y
confusión de la inteligencia artificial generativa". Hemos llegado a,
afirma, a la "destrucción de la verdad", piedra fundamental de una
democracia trasparente y convincente. Clama en el mismo sentido de tantos otros,
comenzando por Amodei, Altman, Musk, cabezas de las grandes empresas de IA,
Anthropic, Open AI, y xAI, respectivamente —además de comunidades de
científicos, pensadores, académicos— de manera repetida en los últimos tres
años: "Se hace urgente desarrollar una ética de las nuevas tecnologías, un
conjunto de principios y prácticas que orienten el desarrollo y el uso de
plataformas digitales". Palabras al viento. Todo esto, ha quedado
demostrado, es letra muerta. Si los mismos propulsores de la IA no han logrado
frenar los excesos éticos de sus grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus
siglas en inglés), ¿qué puede esperar el ciudadano común de los gobiernos u
organismos internacionales para poner coto a sus excesos que socavan la
democracia?
Por último, el autor regresa a su hipótesis principal:
lo que pone en riesgo a las democracias es la polarización, un argumento que a
esta altura ya no se sostiene; la democracia murió, y de estar viva, agoniza,
no por culpa de los fundamentalismos sino de una serie de factores endógenos
que poco o nada tienen que ver con los extremos políticos.
También hay afirmaciones que no pueden obviarse: por
ejemplo, que la mejor época de la democracia ocurrió entre las décadas de
los noventa y 2000 (p. 171). ¿No se da por enterado el autor de lo sucedido
en el país entre 1990 y 2010? Pero no solo Colombia experimentó un deterioro
significativo de la democracia en esos años, fue el mundo entero quien
presenció de qué manera se desataron guerras e invasiones por parte de países
democráticos que obviaron todas las instancias democráticas. Basta repasar la
historia para verificar estos hechos.
Luego sigue un resumen del conocido libro Cómo
mueren las democracias de Levitsky y Ziblatt (de nuevo, fuentes
anglosajonas) y las cuatro estrategias utilizadas por los nuevos autoritarismos
para desmantelar (como efectivamente lo han hecho) la democracia: la
deslegitimación de las reglas de juego, la negación de la legitimidad de los
oponentes y la incitación o la tolerancia de la violencia. Resalto que Mantilla
cite, in extenso este libro, que desde su título afirma lo que sostengo:
las democracias mueren.
En mi lectura, el autor da suficiente evidencia de una
verdad a la que sobrevuela a través del texto sin atreverse a dar el salto
definitivo. Por supuesto, es necesario admitir, dicha realidad es incómoda,
vergonzosa, impopular y deja a cualquiera abocado a una profunda sensación de
vacío y orfandad. Y si la democracia ha muerto —se preguntará cualquiera—, ¿qué
nos queda, los totalitarismos? Mantilla debería ser el primero en responder:
«¡No! Pensar por sí mismo.» Pero infortunadamente hasta allá no llega; cae en
una tautología: como pocos quieren vivir bajo un totalitarismo, pues conocen lo
que implican y lo que pierden los ciudadanos bajo ellos, entonces insiste en
"preservar, "defender" o "salvar" la democracia. Qué
difícil es aceptar que estamos ante un sistema fallido que dejó de cumplir su
promesa, su propósito y su razón de ser.
Al llegar a este punto, reaparece el as, la carta
ganadora: pensar por uno mismo es el antídoto contra los fundamentalismos
políticos. Así se titula el último y más breve capítulo. Aquí, percibo una extenuación
discursiva; faltan pruebas, evidencia dura de que la democracia en realidad funcione
de manera articulada y legítima, de que está viva; de que la ciudadanía sienta
y crea que ella la representa en la forma como el ciudadano común la entiende y
añora. A lo sumo hay, en la disertación, el llamado a la moderación. Las
fugaces invitaciones al voto cauto —como el de la República Checa en el 2023—
para escapar de los fundamentalismos parecen apuntar a la incomodidad que plantea
la opción de asumir una posición definida frente al problema planteado: la
suerte de la democracia.
Para citar una expresión popular sueca hay que “poner
el pescado sobre la mesa” ("fisken på disken"). ¿Por qué no aparece
la pregunta incómoda sobre la democracia?: «Prolongamos su agonía, intentamos
revivirla o la sepultamos y vemos qué hacemos a partir de allí? ¿Acaso la democracia
es la única forma de organización social que ha conocido la humanidad sin necesidad
de caer en los absolutismos? Más allá del efímero experimento en las pequeñas ciudades
griegas del Antigüedad, en donde se originó el término democracia, acaso la
democracia tiene en Occidente una larga trayectoria demostrada de estabilidad, de
representatividad, de legitimidad para que sigamos apostando por ella?
Estamos, a mi parecer, ante la sin salida típica en la
que quedan atrapados los pensadores —y políticos— que se autodefinen como de
«centro»; su indecisión, su afán de conceder a unos y otros, de congraciarse
con todos, los aísla; terminan por convencer a pocos. Señalar los
fundamentalismos como el gran riesgo de ella es poner la carreta por delante de
los bueyes. El mal no está en las sábanas. Y que no se pretenda insinuar que
estoy a favor de algún tipo de fundamentalismo o de absolutismo, todo lo
contrario; basta leer Las 99 antítesis: Contrapensamiento a las ideas
imperantes para saber qué tan lejos me ubico, no solo de los extremos
políticos sino —quizás lo más relevante—, del espectro izquierda-derecha,
pasando por los matices centristas, incluyendo los progresismos y las llamadas
centro-derechas.
El formidable argumento de pensar por sí mismo, eje
central del libro, a pesar de su fuerza y coherencia, lamentablemente ha
perdido inercia al llegar a las páginas finales. Es cierto, admitamos, que
pensar por sí mismo nos evita caer en las trampas y falacias de los extremos;
nadie puede estar en contra de eso. No logré encontrar ningún argumento
contundente que explique qué hacer con el pensamiento crítico para salir del
atolladero en el que está Occidente desde hace tiempo: el desgaste, la
deslegitimación, la falta de confianza, la incredulidad, la sospecha, hasta el
rechazo frontal a la ansiada democracia. Mantilla García intenta pero no parece
encontrar la salida que conlleva pensar por sí mismo. No quiero creer que su encomiable
esfuerzo argumentativo se reduzca a la elemental recomendación de no votar por
los extremos. Eso sería caer en una sobresimplificación. El autor es sagaz, no
me cabe duda: husmea, se acerca, rodea y da vueltas; intuye el problema de
fondo sin lograr asirlo con firmeza; a lo sumo, aboga por la necesidad de
educar para la libertad y promover la independencia de criterio de los jóvenes
para escapar de dos tendencias "ancladas en la psicología humana": la
obediencia ciega a la autoridad y la tendencia a ceder ante la influencia de
grupo (p. 200).
Al llegar a este punto abrigué la esperanza de que se
iba a dar el gran salto: escapar de la fuerza gravitacional con que nuestra
sociedad atrapa al ciudadano común y le impide no solo pensar por sí mismo,
sino actuar en consecuencia. Ante ello, digámoslo, son personas como Mantilla las
llamadas a cuestionar y sacudir el statu quo: pensadores, académicos,
filósofos, politólogos. Y encontré una última señal alentadora: casi agotadas
las páginas del libro, se trae a colación la desobediencia civil como opción
para enfrentar a las autoridades y políticas antidemocráticas. En el preciso
momento en que los lectores estábamos en el umbral, a punto de entrar en lo
verdaderamente importante y trascendental de "pensar por uno mismo",
el texto se deslíe en una vaporosa y etérea nube. Lamenté que Mantilla dejara
escapar la oportunidad que brinda el "pensar por uno mismo" y que, a
falta de mayor imaginación, de un provocador e incisivo vuelo intelectual, de
osadía transformadora, cerrara todo su esfuerzo con tres tímidas salidas:
"una elección donde triunfa la sensatez sobre la demagogia, un movimiento
civil enfrentando los abusos de poder o una comunidad educativa enseñando a
pensar" (p. 238).
Terminé el libro con un sinsabor de lo que pudo ser y
no fue: un texto provocador e inquietante, una invitación a desacomodarse y
cuestionar lo que se da por sentado; en una palabra, una invitación a salir de
la abulia, de la inacción, del conformismo y ampliar cada uno la propia Weltanschauung.
Rescato, en justicia, el epílogo con la recomendación que es la base del
pensamiento crítico: el valor y la importancia de escuchar a quienes piensan
diferente. En esencia, comparto con Juan Carlos Mantilla su llamado a pensar
por sí mismo; difiero, por otra parte, en lo que he intentado anotar aquí; pero
de eso se trata, exactamente el pensar críticamente: indagar, comparar y
contrastar ideas para ampliar nuestro entendimiento del mundo.
Quiero pensar, después de leer Pensar por sí mismo,
cuidar la democracia de los fundamentalismos políticos, que el autor, en
sus siguientes obras logre dar el salto, como invita Lukács en su hoy poco
leído escrito Gran Hotel Abismo, y pueda mostrarnos, vislumbro, que más
allá de sus posibles deudas o compromisos académicos con mentores, empleadores
o sponsors, pueda atreverse a pensar "fuera de la caja" y
decir cosas tremendamente incómodas pero rigurosamente demoledoras.
Una apostilla final: me parece infortunada —y un
contrasentido— la elección del prologuista de este enjundioso libro sobre cómo
cuidar la democracia. Si alguien puso de rodillas a la democracia colombiana en
los años noventa, en los albores de la nueva constitución, fue aquel inexperto
ministro que otorgó una jaula de oro al más pavoroso criminal que ha conocido
este país, y desde la cual tuvo patente de corso para ponerse de ruana la
institucionalidad y la democracia colombiana. Aceptemos que las nuevas
generaciones no habían nacido para entonces, pero, con mayor razón, es
necesario conocer la historia de nuestro país.

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