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Acerca de "Las reputaciones" de Juan Gabriel Vásquez


La nueva novela de Juan Gabriel Vásquez, Las reputaciones, nos presenta a un autor maduro, seguro de sí mismo, en pleno dominio de la técnica narrativa y con una capacidad de crear historias originales y seductoras. No hay duda que Vásquez es uno de los principales autores en lengua castellana de la actualidad; su obra, apuntalada en el rápido historial de triunfos y reconocimientos lo atestiguan. Por ese motivo, la fama genera una carga inmensa en cualquier autor, donde toda nueva obra presentada al público es medida con estándares cada vez más exigentes; hay menos tolerancia por parte de críticos y lectores al desliz, al descuido, a la omisión. Vásquez está ya listo para codearse con autores de talla mundial, como Barnes, McEwan, Murakami y, sin embargo, en un cuerpo a cuerpo aún le sacan ventaja. Eso es bueno para Vásquez por cuanto le exige seguir elevando su propia vara y no caer en las mieles de la autocomplacencia.




Javier Mallarino es el protagonista de Las reputaciones. Se trata del más afamado y célebre caricaturista de su época, al final del siglo pasado. Ha realizado una carrera vertiginosa en los mejores medios del país, impulsado y apoyado en gran parte por su indómita mujer, Magdalena. Su capacidad de sintetizar la política nacional, de caricaturizar a sus protagonistas, de hacer la crítica ms sutil lo hace convertirse en el mas admirado y odiadohechos, de poner la crvo, esto genera una carga inmensa en cuaklquier narás acerva de la manera más sutil, “un aguijón cubierto de miel”,  lo convierte en el más admirado y odiado de todos los periodistas nacionales.
Mallarino es capaz de echar a rodar cuesta abajo una reputación construida durante años de trabajo con una caricatura: basta unos sencillos trazos en tinta negra y una frase lapidaria que no da margen a defensa o reivindicación alguna. Por esa razón, todos lo respetan, le temen, lo endiosan. Nadie quiere quedar capturado en los rasgos rápidos y precisos de Mallarino, todos quieren estar a su lado, ninguno en la orilla opuesta de sus afectos. Mallarino es perfectamente consciente de su poder, de su capacidad de silenciar a un político, de ridiculizar a un periódico que se atreve a censurarlo, de poner en aprietos a un presidente, de echar a rodar un rumor.

Y, a la vez, Mallarino, en la cima de su carrera, cuando recibe homenajes por sus cuarenta años de vida profesional, comienza a cuestionarse el sentido de todo lo que hace. El para qué de sus dardos, el propósito de tantas puyas, por una parte, tan bien recibidas por la opini en algunas escenas conrada de Spspretaciencia.propia varagullo nacional.loq eu el mismo ha constru dar el autor en estos aspectón publica pero también, tan dañinas para tantos individuos que quedan sometidos al escarnio público.

Una de las víctimas de su estilete entintado es el senador Cuéllar, quien se ve envuelto en un penoso incidente en la propia casa de Mallarino, a la que se ha acercado para implorarle, de manera sumisa y ridícula, que le merme a las críticas contra él. En un episodio algo bizarro, Cuéllar aparentemente ha abusado sexualmente a una niña, pequeñita, compañerita de la propia hija de Mallarino. Las dos pequeñas se han quedado profundamente dormidas en la alcoba de Mallarino después de haber ingerido los restos de distintos vasos de alcohol de la fiesta que ha organizado el célebre periodista y bajo ese circunstancia Cuéllar ha entrado a la alcoba y molestado sexualmente a la niña. La caricatura al día siguiente no se hace esperar y con ella, se inicia el fin de la carrera y la vida de Cuéllar, quien al poco tiempo se suicida botándose por la ventana de un quinto piso. En Mallarino no hay, en ese momento, el menor remordimiento.

Tienen que pasar muchos años, más de veinte, para que el episodio regrese a su vida, ahora determinado por la niña abusada, quien ya es mujer adulta y quien busca a Mallarino, bajo el pretexto de hacerle una entrevista, para descubrir en realidad qué fue lo que sucedió esa noche.
Las reputaciones fluye de una manera increíblemente fácil, lo cual habla del dominio de la técnica por el autor. Su lectura es casi apasionante. El personaje de Mallarino está construido como espejo del mítico Ricardo Rendón de inicios del siglo veinte, caricaturista de la época quien igual gozó de fama, poder y soledad, y quien acabó su vida, nadie sabe con exactitud el móvil, pegándose un tiro sentado en el café La Gran Vía en Bogotá. Mallarino como personaje es convincente, contradictorio, arrogante, solitario y por supuesto, frágil. Su vida ha llegado a un momento hueco. Los encuentros con su ex esposa no alcanzan a colmar su sensación de hastío. Sólo la llegada inesperada de Samanta, de la misma edad que su propia hija Beatriz, logra despertar alguna ilusión por continuar su vida con algún propósito, así sea el de ella, el encontrar la verdad de lo que sucedió tantos años atrás.
¿Qué impide que Las reputaciones alcance la perfección? Varios aspectos: falta de verosimilitud en algunas escenas, inexactitudes y ausencia de precisión de relojero en el andamiaje narrativo.
Las visita de Cuéllar humillándose en la casa de Mallarino, el descuido de Mallarino con las niñas que propicia la escena sobre la cual gira la novela, el desnudamiento de Samanta en el vehículo de Mallarino carecen de la verosimilitud que exige la autoridad narrativa. También, el personaje de Samanta, quien juega un papel preponderante en la obra es débil, insulso, al contrario de la fuerza que se nota en Magdalena.

Pero lo más significativo, que aún deja a Vásquez por debajo de los referentes de talla mundial, es que la trama no alcanza el ajuste, la precisión, la escrupulosidad que demuestra por ejemplo un Julian Barnes en El sentido de un final. Las prefiguraciones son aún débiles, los giros inesperados en la trama insuficientes y el final queda abierto, de manera innecesaria, con una conversación que no alcanza a suceder en las páginas de la novela, entre él, Samanta y la viuda de Cuéllar. También queda a la deriva (sujeta a la libre interpretación del lector) la suerte de Mallarino tras la renuncia a su cargo que redacta Mallarino y el hecho de descolgar y meter en una bolsa sus implementos de trabajo.

La tercer y última parte de Las reputaciones es de un elevado lirismo. Vásquez en su plenitud de narrador: la tensión va in crescendo, Mallarino se enfrenta a su propia vulnerabilidad, a la fragilidad propia frente a lo que él mismo ha construido como su arma más poderosa: la vindicación, el señalamiento, el jugar a ser vocero de la justicia y la verdad. Por ello, la sensación de vacío al final, de anticlímax, es la que deja el mal gusto. Al final, y más allá de los puntos donde se queda corta Las reputaciones es justo reconocer que Juan Gabriel Vásquez, junto a Tomás González, están ya en las grandes ligas de la literatura internacional. Y eso es un importante motivo de orgullo nacional.

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