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A los cuarenta años de la muerte de Pablo Neruda: poeta del amor, de la tierra americana y de lo social

(Esta nota apareció en Gaceta, del diario El País de Cali, el pasado 22 de septiembre de 2013)



Todo aquel que aprecie la poesía, todo aquel que se haya enamorado y todo aquel que en su corazón tenga veinte años conoce y reconoce la poesía de Pablo Neruda (seudónimo de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto) como la poesía del amor, del canto a la amada, de la canción desesperada. ¿Quién si no aquel no hizo de ese librito, llamado Veinte poemas de amor y una canción desesperada, su ideario, su doctrina, su ideología, su libro de cabecera, su libro de desvelo, su testamento? ¿Acaso era posible cantar al amor de una manera más elevada que la lograda en esos veintiún poemas? Y luego cuando se descubrían los Cien sonetos de amor y Los versos del capitán no podía evitarse intentar escribir uno, dos o más intentos de poemas dedicados a la muchacha que nos robaba el corazón, en inútil intento de escribir como él, para finalmente sucumbir y aceptar que era imposible verter tanto amor de una manera más sensible, más sublime, que lo alcanzado por el poeta chileno?

Sería el año 1977 cuando el poeta Andrés Holguín viajaba a Cali todos los meses a dictar unas conferencias sobre literatura y poesía en el auditorio del recién inaugurado edificio de la Cámara de Comercio. Holguín era un conferencista excepcional. Tomaba cualquier autor, fuese Whitman, Rulfo, Domínguez Camargo, o Borges y lo hacía placentero, divertido, profundo, glorioso. Una de esas conferencias fue precisamente dedicada a Neruda, fallecido en 1973 justo después del golpe de estado de Pinochet. Los dos grandes amigos Allende y Neruda murieron en el mismo mes (uno trágicamente, el otro quizás de decepción) y con ellos el intento de una democracia social en Chile.

Fue inevitable salir de esa conferencia y no devorar toda la poesía de Neruda que se atravesaba por delante; si bien para ese entonces ya me había familiarizado, por no decir memorizado poemas completos del chileno que con arrojo me atrevía a recitar a una y otra amada.

Los Veinte poemas de amor… abre con estos versos inolvidables:

“Cuerpo de mujer, blancas colinas muslos blancos/
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
Y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
…..
Pero cae la hora del venganza y te amo
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de la ausencia!
Ah las rosas de pubis! Ah tu voz lenta y triste.

Pero también el inolvidable, aquel que sorprende por su titulo en inglés, Farewell  posee estos versos maravillosos:

Desde el fondo de ti, y arrodillado
Un niño triste, como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
Tendrán que amarrarse nuestras vidas.
Por estas manos, hijas de tus manos
Tendrán que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
Veré en los tuyos lágrimas un día.

Y luego, en el mismo poema vienen tres versos que no pueden dejar a ningún enamorado sin herirlo con huella imborrable. De toda la poesía amorosa, quizás estos tres versos no tienen parangón. Es un canto al amor, al desapego, a la desesperanza.

Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
Que no nos una nada.

El lector de estas líneas debe leer estos versos en voz alta, varias veces para encontrar y deleitarse con la cadencia, la aliteración, el ritmo: “Para que nada nos amarre/ Que no nos una nada”; es un retintín de enes, de negaciones, de nudos que se anudan y después se desanudan: “que no nos una nada”. ¿Es posible decir más en apenas cinco palabras, en apenas quince letras?

Y más adelante, en la misma sección:

(Amo el amor de los marineros
que besan y se van
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera.
Los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte
En el lecho del mar.)

Y el adiós es simple y llano, sin remordimientos, sin reclamos: “Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,/ del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.”

Pero si hay un poema que logra la perfección lírica es el poema veinte, aquí íntegro:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 


Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada, 

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 


Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 

La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 


Ella me quiso, a veces yo también la quería. 

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 


Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 


Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. 


Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 


Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca. 

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 


Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 


Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 


Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, 

mi alma no se contenta con haberla perdido. 


Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Poema inolvidable, poema que vive en todo enamorado, poema difícil de ser superado. Versos que retumban en el corazón, en lo más profundo del ser: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.”

Otro libro memorable de Neruda es Los versos del Capitán, también del mismo tono amoroso, como Los 20 poemas de amor… Allí encontramos versos de esta factura:  Quítame el pan, si quieres,/ quítame el aire, pero/ no me quites tu risa.”  Y en el poema titulado El alfarero: “Todo tu cuerpo tiene/ copa o dulzura destinada a mí./ Cuando subo la mano/ encuentro en cada sitio una paloma/ que me buscaba, como /
Si te hubieran, amor, hecho de arcilla/ para mis propias manos de alfarero.

De lo anterior resulta evidente el culto que Neruda tenía por la palabra, por la sonoridad del lenguaje, por la cadencia, el ritmo y la aliteración. Era un artesano que le gustaba tallar sus poemas con el cuidado y el amor de quien verdaderamente venera su oficio. En su autobiografía, Confieso que he vivido, en una hermosa declaración de amor a la palabra, afirma:

 “...Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados.. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces. son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes. ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recentísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.

Pero por supuesto que Neruda, escribió muchísima más poesía que los famosos veinte poemas de amor y el igualmente célebre Farewell. Aquel que piense que Neruda es un poeta para leer no más allá de los veinte años o imposible de beber si no se está profundamente enamorado se engaña.

Hoy día Neruda puede estar injustamente olvidado por algunos, desdeñado por otros, a causa de sus poemas amorosos que pueden sonar almibarados e ingenuos, pero Neruda es un señor poeta, en toda la extensión de la palabra. No por nada se le distinguió con el Premio Nobel de Literatura en 1971 y recibió un doctorado honoris causa por la Universidad de Oxford. Es uno de los seis premios Nobel de literatura en latinoamericana, junto con Miguel Ángel Asturias, Gabriela Mistral, Octavio Paz, García Márquez, y Vargas Llosa. Neruda fue un escritor de profundo compromiso político. Desde joven se afilió a las ideas comunistas y vertió todo su ideario político en su obra poética, sin negarlo, esconderlo o disimularlo. Además fue militante, ministro y embajador, precandidato a la presidencia y comunista hasta los tuétanos. Gran parte de su obra, está impregnada de su pensamiento político.

Su obra comprende, además de los títulos ya nombrados, los siguientes libros: Crepusculario, Tentativa del hombre infinito, El hondero entusiasta, Residencia en la tierra, Tercera residencia, las Uvas y el viento, Odas elementales, Estravagario, Las piedras de Chile, Memorial de isla negra, Cantos ceremoniales, Arte de pájaros, La barcarola, Fin del mundo, La espada encendida, Geografía infructuosa, el mar y las campanas, el corazón amarillo, y por supuesto su obra monumental, su obra épica y el mejor homenaje que poeta alguno haya hecho a nuestro continente: Canto General.

Sólo hay dos poemas auténticamente épicos latinoamericanos: La araucana de Alonso de Ercilla y Canto General de Neruda, y mientras el primero glorifica la conquista española, el segundo enaltece lo americano con una perspectiva dialéctica dem las historia de los pueblos de nuestro continente.

El Canto general tiene una extensión de trescientas setenta páginas en su edición de la Biblioteca Ayacucho. Y  está dividido en quince partes. En sus Memorias explica el origen de su obra monumental: “Pensé entregarme a mi trabajo literario con más devoción y fuerza. El contacto de España me había fortificado y madurado. Las horas amargas de mi poesía debían terminar. El subjetivismo melancólico de mis Veinte poemas de amor o el patetismo doloroso de Residencia en la tierra tocaban a su fin. Me pareció encontrar una veta enterrada, no bajo las rocas subterráneas, sino bajo las hojas de los libros. Puede la poesía servir a nuestros semejantes? Puede acompañar las luchas de los hombres? Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente a las aspiraciones del ser humano. Comencé a trabajar en mi Canto general.”

Bien sea que sea lea hoy día, a los cuarenta años de su muerte, los poemas amorosos que se llama de “subjetivismo melancólico” bien sea que nos queramos adentrar en las cimas y valles del Canto General, o en cualquier otro de sus libros, Pablo Neruda seguirá siendo un poeta de primer orden no sólo en el idioma español sino en el contexto universal de la literatura.


 Philip Potdevin

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