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Las suaves manos de Eros y El vino puro de Dionisios de Carlos Vásquez-Zawadzki. ¡Larga vida a la poesía erótica!



Eros y Dionisios: amor y embriaguez; como si fuera posible lo uno sin lo otro. Casi un pleonasmo. La última obra poética de Carlos Vásquez-Zawadzki se arriesga a navegar en las traicioneras aguas de la poesía erótica, de la poesía hedonista en su sentido más sublime. El trance está dado al zarpar, al momento en que el poeta toma la pluma y procura, después de milenios de inercia, fijar el rumbo hacia el puerto de un nuevo poema erótico. El acto intrépido está en transitar aguas de un elevado arte ya desbordado por Safo y Catulo, pergeñado en los Carmina Burana, destilado en la poesía china, japonesa y de la India, cincelado por el Arcipreste de Hita, difundido por Francisco de Quevedo, mistificado por santa Teresa, elevado por Samaniego y Rubén Darío, sacrificado por Sylvia Plath, glorificado por Elytis, Seferis y Neruda, cantado por García Lorca, llevado al límite de la sonoridad por de Greiff, convertido en fría vena mortuoria por la Pizarnik y celebrado en la cálida rendición erótica de la Orozco, por sólo mencionar algunos faros inmensos de la poesía. Inútil es intentar cualquier catálogo: ¿acaso algún poeta no ha interpretado el erotismo en su lira?
Vásquez-Zawadzki, poeta curtido y sereno, emerge, no sólo incólume de su travesía sino brillante y fresco con su doble trabajo en sensaciones de embriaguez erótica y de libación. El libro es un monumento al cuidado formal de la edición y al contenido lírico: desde la imagen de la carátula cuidadosamente seleccionada, proveniente de una miniatura de un manuscrito medieval que ilustra la fogosidad de los amantes en un lecho invernal, pasando por los explícitos grabados eróticos de Ingres (¡hizo falta uno de Picasso!), hasta el último verso del libro, se transpira y exuda pasión, lujuria, exceso, pero a la vez, ternura, contención y devoción.
El poeta, psicopompo y mistagogo de misterios eleusinos, oficiante del ritual del amor, fija su norte en un punto, axis mundi, un altar, una piedra de sacrificio, sobre el cual gravita su Universo erótico: la amada, su pareja, precisada con diáfana claridad desde la dedicatoria, su cómplice y co-creadora de ceremonias y ritos, de sacrificios e hierogamias.
Un verso engarza en el siguiente, un poema en el otro, y una sección en la siguiente, al punto que la frontera entre Eros y Dionisio desaparece: “¿Y los cantos de espuma en los labios?/Libemos en sonrisas aéreas y locas./ Libemos para olvidar las Furias y la Muerte.”
La palabra se convierte en eufonía, en aliteración y ritmo, “Luz de luna sobre el lago,/y la lenta claridad de tus tristes ojos..” y también en cantos de sibilas, : “Desatarse, desnudándose, respiración/ y pálpitos libres de culpa. / Encontrarnos con manos de fuego, cinturas/ de semillas y trigo incinerados./ Abrirse, dilatándonos en círculos desconocidos.”… El sexo femenino siempre insinuado, siempre anhelado: “Pondría mi oído distraído en el rosado caracol/ encontrado esta mañana azul de pétalos de fuego/ y te escucharía palpitante cercada mis deseos…” y todo deviene en cataclísmicas avalanchas de tremores y pulsiones: “Eres de estremecimientos/ y reiteración de estaciones violentas” en donde la petite morte está siempre al acecho: “Soy movimiento de tus manos de miel. Soy punto final de tus orgasmos de muerte”.
Por todo lo anterior, Las suaves manos de Eros y El Vino puro de Dionisios es una obra deliciosa que no se agota en la temática y siempre aparece fresca en la candorosa y hermosa celebración del amor.
Confieso, desde mi propio sesgo, que me hizo falta la imagen, el lugar, el sabor de este lado del mundo en los versos de Vásquez-Zawadzki. El marco helénico puede a veces llegar a ser asfixiante. Salvo una mención circunstancial a Cartagena de Indias, nuestra América, tropical y andina, tan pletórica en erotismo, está ausente o al menos distante en este volumen, lo cual no demerita en nada ninguno de los poemas o la unidad del libro pero deja una añoranza a la exhuberancia local.
Por último, quedó demostrado en el lanzamiento del libro el pasado tres de diciembre, que la poesía de Vásquez-Zawadzki está dada para ser disfrutada en su lectura en voz alta. La sonoridad de la palabra, la cadencia del verso, el ritmo intrínseco de cada poema al ser escuchado de viva voz revela su verdadera estatura. ¡Loor a este pulcro volumen de versos!

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