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Acerca de La luz difícil, la nueva novela de Tomás González: una perspectiva desde el propio quehacer literario



La luz difícil, Tomás González, Alfaguara, 2011


Imagino que cuando se tiene cualquier oficio ­—médico, profesor, ejecutivo de empresa, estudiante o desempleado, digamos­— el desempeñar también el de lector debe ser una delicia. En ese mundo, la lectura de una obra literaria, si es de calidad, se convierte en el placer del texto, como decía Barthes. Pero cuando se tiene el oficio de escritor, el otro oficio, el de lector, se convierte la mayoría de las veces, en una pesadilla. Lo digo por que desde cuando se reconoce en sí mismo el quehacer literario como raison d'être, la lectura se hace desde la propia experiencia del trabajo creativo. De esa forma, cada libro que llega a mis manos pasa por el filtro de un proceso a la inversa, en el que se reconoce la lectura del texto como el ejercicio final de un larguísimo trabajo, que inicia con la incubación de una idea, el germen de un argumento, hasta el desarrollo y puesta en escena de unos personajes, de la caracterización de los mismos, de la elección de la voz del narrador, del manejo del tiempo, y de toda esa cantidad de cosas que el novelista debe controlar y trabajar minuciosamente para llegar a un resultado final.
Entonces los autores, al menos en mi caso, para no hacer generalizaciones, leemos de la misma manera como imagino un sastre compra en una tienda un vestido ya hecho: mirando cómo está confeccionado el atuendo, revisando las costuras, los hilvanes, los empates de las distintas piezas de tela, revisando la calidad final, y se preocupa tanto de cómo está hecho el vestido al igual de cómo luce puesto. Y corremos así el riesgo de perder lo que al final del día importa y es el producto como tal, lo que este genera en la sensibilidad y en la emoción estética, más allá de las costuras y los trucos internos para que la obra se vea más bonita, más elegante o más ligera.
Por supuesto que no es infrecuente toparse con obras que no pasan el control del sastre crítico, y terminan abandonadas, tiradas a un lado y olvidadas por completo.
Y sin embargo, a veces llegan obras…. Como La luz difícil, la más reciente novela de Tomás González, y entonces todo queda en suspenso. Pues es en obras como esta donde todo cae en su lugar. Al pasar las hojas se evidencia una construcción perfecta y al mismo tiempo la historia se va desenvolviendo de la manera más natural, sutil y apasionante. Es como cuando se escucha un Improptu de Schubert o una Bagatela de Bethoven o el tema del cuarteto El emperador de Haydn o para que no me tilden de culterano, la melodía del bunde tolimense, de la guabina chiquinquireña o de la contradanza chocoana. Una delicada y exagerada sencillez te aboca a los abismos más insondables de la belleza de la naturaleza. La novela es corta como casi todas las de Gonzáles, (confieso que no he leído Abraham entre bandidos y La historia de Horacio y desconozco su extensión pero dudo que sean unos mamotretos) y por ello se lee en un par de horas. Y es de aquella obras que obliga, una vez terminada a releerla de inmediato, para comprobar que no fue un hechizo, que no fue una falsa percepción la que tuvimos en la primera lectura sino que en verdad, todo lo que nos suscitó la primera y despreocupada lectura, en realidad es evidencia de un trabajo de maestría literaria.
En mi caso,  para evitar caer de nuevo en la vulgar generalización, obras como esta se convierten de inmediato en manuales de creación literaria, en modelos a seguir, a aprender de ellos, a elevarlos al nivel de obras de referencia para cuando uno se embarca en el propio trabajo creativo.
Puedo nombrar, a título de ejemplo, un puñado de obras que tienen ese carácter en mi caso. El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina, Desgracia de Coetzee, Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, El lector, de Bernhard Schlink, por sólo mencionar algunos. Y… ahora, La luz difícil de Tomás Gonzáles.
La gente de la revista Arcadia, con su buen ojo, gusto y juicio literario, identificó rápidamente el lugar que esta obra ocupará dentro del panorama de la literatura colombiana. En el numero 71 de agosto-septiembre de este año dedica la carátula a un close-up del rostro del autor y reseña la obra, con un artículo del crítico Luis Fernando Afanador. Sin leer la reseña, admito, supe que quería leer muy pronto el libro. Compré la novela, la semana pasada, la misma semana que salió a librerías, y al igual que Afanador, me la devoré y la releí en una sentada.
La calidad no me sorprendió para nada. Al contrario, lo que sucedió fue una reafirmación de algo que constaté la primera vez que leí a Tomás González, hace veinte años cuando por ese entonces, de manera algo tardía, me decidía a pasar de ser lector a intentar ser autor y lector. Me dediqué a leer toda la literatura que se producía en el ámbito nacional y en esa tarea, encontré sus dos primeras novelas: Primero estaba el mar y Para antes del olvido. Y si bien la segunda había ganado un premio de novela y la primera no, me di cuenta que su opera prima era ya de por sí una bellísima novela. Así es como hay que referirse a la literatura de Tomás González, con palabras de refinada calidad estética. Arcadia califica su nueva obra como “una de las más hermosas novelas de la literatura colombiana”. Y se podría correr el riesgo de encajonar a Gonzáles en una literatura idealista, melancólica, envuelta en algodones y sería lo más equivocado.  De las tareas más difíciles que enfrenta todo autor es el lograr contar una historia sencilla de manera magistral, sin demasiados personajes, sin demasiados cambios de narrador, de espacios o de manejos temporales. El poder retratar la condición humana, en su sencilla complejidad es una habilidad rara y en ella se distingue al maestro del aprendiz.
La historia de la novela no cabe repetirla aquí. Es más, la misma editorial le hace un disfavor al lector al revelarla en su integridad en la contraportada. Y sin embargo podemos decir que David, ese aparente alter ego de González, ya no escritor sino pintor, que vive la tragedia humana de ver a su hijo mayor morir en un acto consentido por toda la familia, logra compendiar la esencia del ser humano en sus anhelos y desolaciones, en sus veleidades y sus realidades.
Mi amigo, Peter Schultze-Kraft, el colombianista, traductor y editor de literatura colombiana en Alemania, lo viene diciendo hace muchos años, tanto en sus esporádicos viajes a Colombia como desde su abrigada casa en un precioso paraje de la Selva Negra, cerca de Friburgo: Tomás Gonzáles es el mejor escritor colombiano de la actualidad. La nueva novela no hace sino reafirmarlo.
Y para cerrar, es necesario compartir los dos epígrafes que abren la novela. El primero de William Blake, tomado de El matrimonio del cielo y la tierra, dice: Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería infinito en el ser humano. Tal cual es. El segundo, más escueto y lapidario, de Lin-Chi (866 d.c.): El mundo es inestable como casa en llamas. La luz que se le escapa a borbotones de los ojos cansados de David, la luz inasible de los crepúsculos en la casa finca de La Mesa de Juan Díaz, la luz de difícil captura que se refleja sobre la espuma que deja atrás el ferry en el cuadro que pinta David cuando su vida cambia para siempre es la savia que alimenta las páginas memorables de esta novela. Una novela que no pretende ser más de lo que es. No necesita serlo. En su brevedad magistral logra asomarse al infinito del ser humano.

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