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Cinco relatos eróticos de cinco jóvenes autoras - Primera entrega

A continuación, el primero de cinco relatos producidos en la clase de Creación de Narrativa Erótica del programa de pregrado en Creación Narrativa en la Universidad Central, Bogotá, en mayo del 2016.




Cautiva

Ruth Marina Tinoco Ferreira
Estudiante de quinto semestre.


Hace frío y huele a tierra mojada, a café recién hecho, a madera podrida. No sé qué día es ni qué hora es, pero la luna llena se asoma por la claraboya una vez más; según los palitos en mi pared, esta es la décima segunda vez que la veo aparecer en este tiempo. Tal vez lleve aquí menos de lo que parece porque él no ha venido de nuevo a verme, y debería venir, sobre todo ahora que intento cubrirme con la cobija gris de lana gastada que me dejó tirada en el suelo junto a otras cosas que cree importantes: cepillo de dientes, crema dental, jabón, toalla, una bata de seda blanca, tacones negros altos y unos diminutos vestidos que hacen mi piel de gallina.

Se baja la pequeña ventana de la esquina que está en la pared derecha y miro hacia arriba para que el espejo que está encima de mi cama me muestre anticipadamente lo que comeré, así sabré si vale la pena levantarme y alcanzarlo. Es pizza. ¡Estoy cansada de la pizza fría de jamón y queso que huele a pies sudados! No dejo de pensar que cuando salga de aquí comeré pizza caliente de pollo con pimentón, tomaré malteada de fresa y la acompañaré con papitas fritas. Espero que pueda salir de este lugar algún día, y si no lo consigo, espero por lo menos poner globos y afiches en estas paredes.

Procuro acomodarme de nuevo en este colchón incómodo con un hueco en el centro y un resorte salido a la altura de mis pies. Me acurruco, me estiro, me acurruco, me estiro. Suspiro y me pongo boca arriba sin más remedio. De repente noto que mis tobillos estaban perfectamente pronunciados, mis piernas largas y sin vellos parecían columnas griegas, mi bata de seda apenas cubría la mitad de mi sexo y mis manos inquietas jugaban sin parar con los cabellos rojizos y largos que contrastaban con mis ojos verdes. No lo había notado antes, era hermosa y eso le gustaba a él, y creo que a mí me gusta que le guste. Desato el nudo de mi bata blanca y me observo desnuda. Los pechos aunque pequeños tienen unos hermosos picos rosados, y el ombligo es un espiral profundo. Hay curvas peligrosas, sobre todo de la cintura a los huesos que se dibujan delicadamente como murallas para proteger un bosque de frutos dulces.

Comienzo a sobarme los labios y el rostro. Recuerdo los primeros días que estuve aquí, cuando él me trajo y comenzó a hablar y a preguntar un sinfín de cosas sobre mi vida y mi familia. A pesar del susto, del llanto, creo que sentí simpatía por sus palabras y sus ademanes. Era extraño… me perdí en él…

 —Estás aquí para hacerme compañía preciosa doncella— dijo él mientras llenaba un vaso de agua y lo ponía en la mesa.

 —No sé en qué puede beneficiar mi presencia en este lugar— respondí cuando mis ojos se movían de un lado a otro inspeccionando el lugar—. Creo que no soy muy buena hablando.

—No importa lo que creas, importa lo que yo pienso. ¿Cuántos años tienes?— preguntó acercándose a mí muy despacio, sentándose sobre la cama para poder acariciar mi cabello.

—¡Tengo diecinueve y un par de libros que esperan en la mesita de noche!— exclamé mientras intentaba zafar las cuerdas de mis manos.

 —No sabes las ganas que tengo de saborearte de pies a cabeza— susurró a mi oído como si entre nosotros existiera una fuerte complicidad.

Empezó a subir su mano desde mi rodilla hasta la entrepierna, apretó y con la otra mano volteó mi cara, empezó a besarme y yo temblaba sin parar. Me empujó contra la cama y puso toda su fuerza sobre mi cuerpo, desgarró mi vestido y yo solo apreté las piernas en señal de protección. Ató la cuerda de mis manos a la cama. Con los pies hizo lo mismo. Bajó mi panty que era lo único que llevaba abajo del vestido y se acostó a mi lado.

 —¿Te das cuenta lo que has provocado con solo verte?— dijo mientras sus ojos recorrían mi cuerpo a través del espejo—. Tu piel es un hermoso lienzo.

No fui capaz de decir nada, algo que no podía explicar me invadía hasta las venas. Él bajó y empezó a acariciar y besar mis tobillos, me decía que eran los más hermosos que había visto, que lo enamoraron desde la primera vez que los vio. Me pidió que siempre los llevara desnudos. Se quitó la ropa. ¡Es sexy! No pude evitar pensarlo apenas vi su cuerpo moreno y musculoso. Sus ojos grandes y oscuros como la noche hacen que uno se pierda de inmediato, su cabello ondulado que cae en la cara hace juego con esas manos grandes y fuertes que no dejan de tocarme.

Subió un poco y pasó su lengua por los labios, luego abrió mis piernas y se sumergió impaciente. Yo empecé a sentir como se contraía mi abdomen, la respiración fue más rápida. Movía la lengua en círculos sin parar, yo me veía doble en el espejo. Comenzó a subir mojando mi ombligo, mi cintura, luego agarró mis pezones y les hizo unos pequeños pellizcos, me miró penetrante y sin decir una palabra me volteó. Sentí una nalgada, dos, tres; acarició mis nalgas y las abrió suavemente. Sentí como metió su dedo, luego dos. Yo gritaba y al mismo tiempo lloraba. Sacó un vibrador que estaba debajo de la almohada y sin contemplación lo metió por mi estrella negra, causando un dolor que al mismo tiempo me satisfacía.

Luego de unos minutos y de disfrutar con mi llanto, volvió a voltearme. Me vi enrojecida y despojada de mi dignidad. Justo ahí se montó encima y me dijo que me iba a amar profundamente, para siempre. Fue cayendo cada vez más cerca, sentí como su falo rozaba mis muslos, mi monte de Venus. Se dejó caer del todo y yo de un solo grito dejé de ser niña. Se quedó quieto, me preguntó si me dolía y luego de ver mi expresión soltó mis manos y mis pies, dijo que así disfrutaría más.

Volvió al ruedo, entrelazó mis manos y las subió por mi cabeza, respiro por mi cuello e introdujo de nuevo su virilidad en mi profunda feminidad, fue despacio, entraba y salía de manera sutil. Yo nos veía desde el espejo. Sus nalgas eran redondas y grandes, su espalda parecía la de un jugador de hockey, sus piernas eran imponentes. Desde ese momento empecé a olvidar que él era un desconocido; que no sabía su nombre, qué hacía o dónde vivía. Olvidé que no estaba pasando eso porque yo quisiera o porque lo hubiera buscado. Empecé a disfrutar, se notó en mis gemidos, en mi cuerpo retorcido de placer, es como si su imagen sobre mí hubiera despertado a la mujer que nunca había conocido. Acaricié su espalda, retorcí los ojos. Él se retiró un poco y levantó mi pierna y la puso sobre su hombro, siguió con el vaivén en sus caderas. Mis manos subieron de forma automática y frotaron mis pechos hasta que sentí un calor perpetuo, un cosquilleo que se incrementaba con sus gemidos y mi cadera empezó a moverse haciendo círculos. Él salió de mí y empezó a manosear de arriba abajo su falo, rápidamente. Yo introduje mis dedos en medio de mis piernas y sentí un placer indescriptible. Algo blanco y pegajoso cayó sobre mi abdomen mientras yo sentí como el éxtasis fue bajando. Se tiró a mi lado. Los dos boca arriba contemplábamos lo que habíamos hecho, porque fue así, lo hicimos aunque yo no quisiera.

—Te dije que lo disfrutarías, ¿después de todo no fue tan malo dejar tus libros en la mesita de noche, eh?— me dijo mientras se levantaba de la cama y recogía la ropa tirada en el piso.

No dije nada pero lo pensé todo. Tenía razón. No puedo creer que esté de acuerdo todavía con ese tipo que apareció de la nada y que me hizo mujer cuando quiso y como quiso. Aún tiemblo. Aún le espero. No lo he vuelto a ver desde ese día y mi cuerpo desea sentirlo otra vez. Tal vez esté loca, no pienso en mis padres, en mis amigos, en mi vida, solo quiero que venga él y me haga suya. No puedo olvidar sus besos  —no me hace falta probar otros labios para saber que los de él son los mejores— besos que me recorren a diario y sin permiso se metieron en mi alma.

De repente siento dos golpes en la ventana que me hacen volver, me levanto y voy de inmediato hacía allá. Esta vez no era comida, no eran vestidos, era un papel. Un papel con una nota que decía:


“Te ves bella cuando te contemplas desnuda. Así te siento yo siempre. ¡Qué bueno que estés aprendiendo! Espérame esta noche. R.”


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