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Cinco relatos eróticos de cinco jóvenes autoras - Segunda entrega

Otro de los trabajos de la electiva en subgéneros narrativos, narrativa erótica, del pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central, Bogotá, mayo de 2016.



Soy un café frío
Yeime Tatiana González
Alumna de tercer semestre



01 de diciembre de 2013

Déjame sentirte, déjame soñarte… Hace unos años cuando pensaba en alguien diciendo que me necesitaba, no imaginé que la forma sería esa por la que optaste. Yo estaba desnuda cuando dijiste que preferías taparme, taparme para que el olor que emanaba mi piel se quedara encasillado, encasillado en tus brazos cuando me envolviste con ellos, tu piel, áspera y suave. Te sentí volverte gaseoso. Percibí el olor que emanas cuando sudas, como si tú respiraras por todas partes, un olor a frutos del bosque. Te besé en el pecho, y saboreé en mis labios el café que habíamos bebido. Tenías la boca en mi cabello. Tus manos no dejaban de subir por aquella piel blanda y blanca de mi espalda, el viento de los campos se coló por mi entrepierna, temblé. Lo que hiciste fue arroparme ahí también, colaste una de tus piernas rozando mi centro, juro que te sentí bien adentro. Me susurraste que tu miembro sentía frío, entonces lo envolví en mi mano derecha y lo froté para que cogiera calor. La pradera estaba tan lóbrega, mientras que nosotros estábamos jubilosos sobre la hierba, el viento parecía tener envidia de nosotros, porque se inmiscuía hasta por debajo de las uñas. No importó, ambos sabíamos que el frío no era problema, aunque se te pusiera la piel de gallina y los vellitos de tu piel se alzaran presuntuosos. Tu pierna hizo un trabajo delicioso y mi mano te vació.
Siempre tuya, Lucía.

Puedo sentir como la respiración se me queda atascada en alguna parte del cuerpo. Empuño la carta que nunca entregué en el escritorio y me siento a mirar a través de la ventana, está el cielo gris y antes de que caiga la primera gota de lluvia, en mi mente está él, él tomando un café conmigo, él diciendo que le falta azúcar, él bebiéndoselo de un sorbo, él fumando un cigarro, él oliendo a café y a tabaco y a mí.
—¿Por qué pierdes el tiempo? —pregunta Dani.
—Es hora de estar de pie —respondo ofuscada. Me observa desde el umbral de la puerta y con una mirada descarada, dice:
—No hoy.
—Jódete —espeto entre dientes. Su mirada verde se clava en la mía, extiende los brazos y sus manos tocan el dintel de la puerta. Todo se le marca, los músculos de los brazos, del pecho, del abdomen, los muslos…
—Lucía… —musita. Se acerca sigilosamente a mi escritorio, hecho una cabra. Y a mí me tiemblan hasta las pestañas.
—Ven a mi cama —Insiste muy serio.
—No necesito otra cama.
—¿Lo quiere en el escritorio, señorita? —pregunta, alzando una ceja. Y antes de que yo pueda pronunciar palabra, me levanta de la silla, me quita la bata, arranca mis zapatos y pone mi pecho sobre el escritorio, no sin antes botar la carta al piso y todo lo demás. Siento como el gozo del sufrimiento está en el aire. Cómo quiero dejar de hacerle esto y cómo mi cuerpo se contradice diciéndole que sí a todo lo que él proponga, le pide a gritos sentirlo por todas partes, le ruega más, a veces. Entra de una estocada, se paraliza, se acostumbra y como si yo fuera un café caliente, sopla primero, viendo como el humo abrasador sale de mí, revuelve como si él fuera la cuchara que hace que el azúcar desaparezca —me enloquece esa caricia—, sopla una vez más —un escalofrío que penetra los poros—,  bebe un poco pero se quema, entonces espera, aunque las ansias de saborearme le hacen arriesgarse de nuevo, saborea sus labios —o los míos—, que están rojos e hinchados, le arden. Sopla, bebe, sopla, bebe, sopla, bebe, soooplaa, beeebee. Me derramo porque no controla sus manos, maldice. Entonces termina conmigo por completo como si yo no estuviera hirviendo… Ahí está su piel, que se confunde con la mía. Sale de mí y se queda unos segundos más, algo ensimismado, respira profundo mientras que siento como la mesa está resbaladiza y como mi aliento choca con ésta.
—Te necesito siempre —declara en voz baja. Me da una palmada en el trasero y se va. Luego lloro, encima del escritorio.
La mañana pasa desapercibida por todos en casa, mis tíos salen de compras temprano, mis papás van al aeropuerto por el resto de la familia y mis hermanos salen a jugar fútbol. Dani se queda, alegando que le duele una pierna y cuando el último pariente sale de la casa, cierra la puerta.  Desde la escalera observo como le echa el pestillo. Y mi centro, late. Sé que vendrá a mí, me arrancará la ropa y me hará escuchar el ruido del silencio. Casi puedo ver como mis dedos se alistan para tocarlo. Da dos pasos y mira el árbol de navidad, los brazos en jarra y empieza a cantar a susurros un villancico: «En Belén tocan a Fuego. Del portal salen las llamas. Es una estrella del cielo que ha caído entre las pajas». Su cabello castaño está alborotado y su camiseta a rayas le queda ajustada, sus pantalones están caídos y está de pie, ahí, dando la espalda, pensando y cantando una y otra vez. No viene corriendo hacía mi habitación, no me murmura: «La ropa arráncatela, los zapatos quítatelos, ven, arrástrate, quiéreme».
—¿Vas a soltar la bomba o no?
Se voltea lentamente y no veo ningún atisbo de sorpresa, lo que me hace pensar que sabía que estaba allí, observándolo.
—Tú ya sabes —dice con suavidad. No respondo, porque lo sé.
Sube a su habitación, rozando su piel con la mía. Siento como la calma se va, no reacciono, no me muevo. Voy al sofá y dejo mi cuerpo tirado como si ya no estuviera lo suficientemente lúgubre y canto: «En Belén tocan a Fuego. Del portal salen las llamas. Es una estrella del cielo que ha caído entre las pajas».
La gente de la casa llega tarde, casi que me dieron tiempo de reformularme otra vida. Mi mamá me ve tirada en el sofá y viene a saludarme, mi papá sale corriendo al baño y mis tías que llegan de la ciudad gritan al unísono que yo me encuentro hermosa. Voy al estudio y me encierro.

20 de diciembre de 2013
Aunque confieses caricia a caricia que me necesitas, la reacción en tus ojos al mirarme cuando te digo que te quiero, me duele —me dueles—. Ayer me bebí tus labios estando mareada, me refugié en la sensación placentera de estar ebria, ebria de beber vodka disuelto en migajas de tu querer. Cuando mis ojos no distinguieron el color de tu piel,  le tocó a mi nariz hacerte un recorrido por la piel, para reconocerte, saberte, contarte y para percibir el olor a nuez moscada que se filtró en los poros de mi piel e impregnada quedó. Me detuve en ese lunar que tienes entre los hoyuelos de Apolo, es posible que haya desaparecido por el roce de tu piel con mi lengua, lengua que se pasmó cuando tu mente se fue, llegaste a otro universo y  quedaste allí, de pie, hasta que caíste, sin importar si atravesabas los cielos, si te contraponías a la fuerza de gravedad, te vi caer por el espacio como si yo fuera una astronauta vigilándote desde mi nave espacial, y luego tu mente estuvo aquí, conmigo otra vez —no hay nada que se pueda comparar con nosotros  dando testimonio de nuestras ansias por el otro—, otra vez siendo piel morena, blanca, trastocada, armoniosa, rota, completa.  Ninguno hizo algo por acabar con esta pelea de sensaciones, tú embelesado caíste como un cuervo sin alas, mientras que yo me lancé a ti como un cuervo hambriento. Mirando tus ojos eclipsados, me resbalé de tus manos, me evaporé y me perdi(ste).
Lucía.

Y entonces Dani entra sin golpear la puerta, agarra el papel amarillo,  lleno de letras de mis manos, lo rompe en mil pedazos y se los guarda en uno de los bolsillos traseros. Le grito que pare, y me mira como si yo le acabara de confesar el peor de los pecados.
—¡Tú y tus jodidas cartas! —Me mira enfurecido—. El año pasado fue igual. ¿No te basta con lo que tenemos? ¡No leas lo que le escribiste hace un año!
—Lo que tenemos tú y yo es un frenesí, un frenesí de deseo y no más. —Repongo con impaciencia— Somos mejores amigos, Dan. Somos primos…
—¿Y? ¿Lo que tenían tú y Martín qué era? —balbucea. Se aclara la garganta y me mira a los ojos con intensidad—. Martín no te quiso.
Pero, yo lo amé…
—Dani…
—No quiero que lo digas —implora agarrándose de la mesa y mis ojos se ponen vidriosos—. Lucía, te amo.
Espera que le diga algo, pero entonces veo como nuestra amistad vuela por los aires y se va con los vientos del norte. Cómo acabamos siendo nada después de serlo todo. Sale de la habitación,  antes de que le diga que me deje sola —no soy capaz de decirle que mis monstruos solo salen cuando estoy con él, que mis preocupaciones me llenan y a veces los inundan— sola, porque no podría permitirme arrastrarlo al abismo conmigo, destruirlo.
















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