Hace años, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara,
asistí, con enorme expectativa, al lanzamiento de la novela de Paul Auster, 4
3 2 1. Allí estaba, en persona el gran Auster, de quien había leído
recientemente su espléndida Trilogía de Nueva York. Llegué temprano y me
senté en la primera fila ¿Cómo no gozar de su conversación y, qué íbamos a
saber, los que abarrotamos el auditorio, que a Auster le quedaban pocos años de
vida? La presentación estuvo a cargo de un escritor mexicano que monopolizó la
hora y media asignada. Además de la pedantería de hablar en inglés —a pesar de
que estaba delante de un auditorio hispanohablante y que Auster tenía audífonos
para la traducción simultánea— el presentador no dejó hablar a Auster ni
siquiera diez minutos; tal era su cháchara para jactarse de su conocimiento de
la obra, vida y opiniones del célebre invitado. El acto resultó bochornoso, por
decir lo menos. A medida que avanzaba el desaguisado, Auster, un hombre cortés
y educado, apoyó la cara en su mano mientras se escurría levemente en la silla
para observar y escuchar atónito a su entrevistador. Salimos decepcionados; y
yo enfadado particularmente con este hombre de bajísima autoconciencia, engolosinado
con su ego, que desconocía —o ignoraba— cómo debe presentarse a un autor y su
obra.
He asistido a innumerables presentaciones de libros
durante mi vida. También he presentado, de tanto en tanto, libros de escritores,
amigos y extraños. Por último, he vivido numerosas experiencias de lanzar un
libro propio, trabajo que comienza por encontrar a alguien que tenga la
generosidad de presentar mi obra. El objetivo, en todos los casos, es sencillo:
lograr un ameno diálogo entre autor y presentador que suscite la curiosidad de
los asistentes. Sin embargo, muchos hemos visto que son más las veces en que la
presentación resulta tediosa para el público y frustrante para el autor.
Del otro lado, hay numerosos casos de entrevistadores
que entienden a la perfección lo que debe ser la dinámica y logran que el
público salga ávido de conocer más de la obra.
De todo lo anterior extraigo algunas lecciones que pueden
servir de referencia a quienes tengan que hacer el rol de presentador:
1. La
gente acude al lanzamiento de un libro porque quiere escuchar, en primer lugar,
al autor.
2. El
presentador es un provocador del diálogo con preguntas puntuales e inteligentes
que permitan al autor hablar libremente sobre lo que desea compartir de su
obra.
3. El
presentador debe abstenerse de hacer un análisis periodístico, literario, histórico
o filosófico de la obra; para eso hay reseñas, artículos, críticas que publican
revistas, portales y redes sociales.
4. El
tiempo al aire debe ser en torno a 20 por ciento el presentador y 80 por ciento
el autor; ni siquiera 50-50, eso es demasiado para el uno e insuficiente para
el otro.
5. Si
el presentador está sobrepasando su tiempo al aire, el autor puede, con cortesía,
interrumpirlo para sugerir que desea añadir algo importante. Lo peor es dejarlo
seguir hablando pues con certeza, no es consciente de su error.
6. Si
el autor es lacónico en sus intervenciones, el presentador debe, a través de
preguntas abiertas, estimular que el escritor presente información adicional.
No debe intentar llenar el vacío con su propio discurso.
7. Autor
y presentador deben acordar previamente un esquema de cómo se desarrollará el
diálogo para evitar sorpresas o abusos de tiempo.
8. El
presentador debe dejar el suficiente tiempo para que el público interpele al
autor.
9. El
presentador debe estar atento al público, que ha hecho un gran esfuerzo para
desplazarse al evento, e identificar síntomas de fatiga, desasosiego o impaciencia
cuando nota que el presentador excede su rol y opaca al autor.
10. Y
por último, el público tiene el derecho de interrumpir al presentador para
recordarle que no quiere escuchar su soliloquio sino al autor.
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