Descubro, en la fría soledad de mi laberinto un instrumento musical antiguo. Podría ser el precursor de la guitarra barroca, quizás una forma de cítara, o un arpa de mano sucedánea de aquellas usadas en el culto a Apolo. Lo examino y compruebo que ostenta siete cuerdas. Incitado por la curiosidad, pulso la primera. Irrumpe un indescriptible jolgorio: es el canto de todas las aves del mundo con sus distintivos timbres, tonadas y melodías, interpretan historias, hazañas, gestas, romances y líricas tragedias que van desde el inicio hasta el fin de los tiempos. Dejo que la cuerda resuena durante un a fracción menos que la eternidad. Poco a poco se extingue la coda de trinos y gorjeos. Ahora, entusiasmado por este prodigio, pulso la segunda. Aguardo. La habitación donde me encuentro es vasta y permite que reverberen en sus muros el eco vibrante de un coro de ángeles que entona, como apostado en el atrio de una inmensa catedral gótica, el Laudamus Te . Me estremezco. Tiemblo con las sucesiva...
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