Recibo llamada de una persona amiga, conmovida, que ha visto una entrevista a un reconocido escritor ‒a quien ella admira profundamente y sigue de cerca‒ en la que el autor dialoga públicamente con su siquiatra en una concurrida librería. La entrevista tiene un propósito único ‒-dice mi informante‒, y es la confesión ‒hoy día las confesio¬nes dejaron de ser secretas como en épocas de confesionarios y penitencias, para convertirse en espectáculo‒ ante decenas de asistentes a la librería, y por supuesto a miles de lec¬tores que se asoman a la entrevista en algún canal multimedia. ¿Cuál es la revelación? Algo sencillo pero demoledor, para algunos, al menos: el autor pasa por “una enorme dificultad emocional” de la que no ha podido salir a flote desde su último éxito editorial; dos años ha de ese suceso. La escucho y trato de empatizar. Conozco la obra del autor, quizás no tan bien como ella, que ha leído devotamente gran parte de la producción suya. Recuerdo que la última vez que l...
Noviembre de 1985. Hay dos o tres generaciones de colombianos marcados por los acontecimientos de ese infausto mes. Aquellas conformadas por personas que pueden recordar con precisión dónde estaban, qué hacían cuando se enteraron, primero, de la toma del Palacio de Justicia por un comando del M-19, aquel miércoles 6 de noviembre; y luego, sin recuperarse aún del holocausto que sacrificó a un centenar de personas, entre ellas una buena parte de la intelectualidad jurídica del país, los magistrados de las altas cortes, ocho días más tarde, el aniquilamiento de veinticinco mil o más almas de Armero y sus alrededores por la avalancha del río Lagunilla tras la erupción del volcán Arenas. Recordar esos hechos vividos como testigo frente a un televisor, con la oreja pegada a un radio o enterándose por el voz a voz de los pasillos y las calles es regresar a una pesadilla inconcebible para cualquier persona, para cualquier nación. Hay otra generación, que no vivió o no alcanza a record...