Recibo llamada de una persona amiga, conmovida, que ha visto una entrevista a un reconocido escritor ‒a quien ella admira profundamente y sigue de cerca‒ en la que el autor dialoga públicamente con su siquiatra en una concurrida librería. La entrevista tiene un propósito único ‒-dice mi informante‒, y es la confesión ‒hoy día las confesio¬nes dejaron de ser secretas como en épocas de confesionarios y penitencias, para convertirse en espectáculo‒ ante decenas de asistentes a la librería, y por supuesto a miles de lec¬tores que se asoman a la entrevista en algún canal multimedia. ¿Cuál es la revelación? Algo sencillo pero demoledor, para algunos, al menos: el autor pasa por “una enorme dificultad emocional” de la que no ha podido salir a flote desde su último éxito editorial; dos años ha de ese suceso. La escucho y trato de empatizar. Conozco la obra del autor, quizás no tan bien como ella, que ha leído devotamente gran parte de la producción suya. Recuerdo que la última vez que l...
La escucho y trato de empatizar. Conozco la obra del autor, quizás no tan bien como ella, que ha leído devotamente gran parte de la producción suya. Recuerdo que la última vez que lo leí con asombro y deleite, fascinación y admiración, fue hace treinta y tantos años cuando, tardíamente, comenzaba a atreverme al oficio de pergeñar historias. Su espléndida novela, que acababa de ganar un prestigioso premio de las letras hispánicas, me dejó anonadado, no tanto por su historia que es deslumbrante, sino por el estilo, la prosa y el do¬minio del lenguaje de este hombre tan solo un par de años mayor que yo pero para entonces ya curtido novelista, dueño y amo de su oficio.
Reconocí en él, de inmediato, al maestro, al guía, al inspirador; un modelo a seguir y aprender de él por su estilo fluido, elegante, articulado y preciso. Luego, era natural, quise conocer el resto de su obra y fui incapaz de leerlo: ni la anterior, tres o cuatro novelas iniciales en las que calibraba su quehacer, ni su larga estela productiva posterior a ese lejano 1992, ha logrado cautivarme como aquella. Sin em¬bargo, su fama ha ido en ascenso: los reconocimientos no le han faltado en absoluto. Todo lo que puede pretender un autor de nuestros tiempos se le ha concedido por gracia de la Divina Providen¬cia conformada, ‒más allá de Aquello Trascendente‒, por la maquinaria editorial, un ejército de fie¬les lectores, y un inmenso talento, además de un intenso oficio como novelista, periodista, articulis¬ta que nadie puede negar.
La pregunta que ha quedado rondando desde que colgué es: ¿a quién le importa el estado emo-cional de este o de cualquier otro escritor? ¿Es legítimo hacer de la salud emocional un su¬ceso público, una noticia digna de propagarse para información o conmiseración de los lectores? Las especulaciones sobre el caso particular están a flor de piel; quizás obedecen a un propósito identificable. No he visto la entrevista y no me interesa verla, hacerlo sería caer en el juego: solo pretendo reflexionar sobre el efecto mediático en sí.
A los escritores ‒y a los artistas e intelectuales, en general‒ les pasa, nos pasa, lo que a todo el mundo: nada menos ni nada más. Atraviesan, atravesamos, los mismos estados: depresión, euforia, crisis, cuestionamientos existenciales, espirituales, sociales, políticos, igual que cualquier otro ciudadano de a pie.
Entonces, ¿a qué viene tanto despliegue cuando quien atraviesa un mal momento es una figura pública de la literatura? ¿Se trata acaso de una estrategia de marketing? ¿Una forma de mantener “ac¬tual” al escritor que ha entrado en un receso creativo? ¿O se trata de un elemento clave en la terapia impuesta por su psiquiatra, “desnudarse en público” para así sacudir los miedos, la tensión, la aprensión?
Sea lo que sea, carece de toda relevancia. Tal vez por ello no me interesaran las biografías de grandes hombres. He leído muy pocas, y de escritores, menos. En mi biblioteca varias, no muchas afortunadamente, reposan sin haberlas leído. Basta, para satisfacer mi natural curiosidad mundana, conocer algunos elementos de la vida de tal o cual escritor; dos o tres datos curiosos, rasgos de su carácter, episodios cruciales para ponerlos en contexto y, a partir de allí, más bien centrarme en lo verdaderamente sustancioso: su obra. Claro, por supuesto que hay vidas más fascinantes, intrigantes y llenas de anécdotas que otras. Jamás leeré una biografía de Borges o Rulfo, por ejemplo. No agregaría nada a mi valoración o disfrute de sus obras; pero no todos los escritores tienen vidas tan anodinas como la de este par de inmensos talentos. Todo va en gustos y hay quienes pueden intere¬sarse más por la vida de un Hemingway, Pushkin, Potocki o von Klein, personajes que parecen de ficción, con vidas densas, dignas de ser noveladas más que biografiadas.
Por lo pronto, le auguro a nuestro admirado autor, la recuperación de su equilibrio emocional, lo que esto signifique o conlleve en su vida, no tanto para que vuelva a escribir ‒como seguro se lo están exigiendo sus editores y agentes, pues de él viven‒, sino por una distante simpatía que me une a él como discípulo que él no conoce.

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