Otras dos reseñas sobre «Cervantes se muere» de Philip Potdevin, por Juan Fernando Aguilar y María del Pilar Arango
El idioma y el
tiempo en Cervantes se muere, de Philip Potdevin
Juan
Fernando Aguilar
Podría pensarse en un primer
momento que el relato Cervantes se muere del escritor colombiano, Philip
Potdevin, propone, entre muchos elementos, una resistencia al tiempo, o bien,
una nulidad del mismo al proponer una suerte de inmortalidad capaz de fundir
continentes y siglos en una sola realidad que, más que creíble, se erige como
evidente. Miguel de Cervantes, autor del Quijote, uno de los pilares de
la lengua española, se encuentra en su lecho de muerte. Empobrecido a pesar de
su gloria, solo tiene un último deseo: que aquel a quien considera el único
heredero de su antorcha se siente al lado de su cama y le lea pasajes de Cien
años de soledad. Antes de morir, Miguel de Cervantes quiere conocer a
Gabriel García Márquez.
La relación de la lengua española
como puente entre los siglos no es la única copa de la que ha bebido Potdevin;
la creación de su Cervantes agónico ha tenido un modelo germánico, un personaje
con el cual sostener un diálogo, no de tiempo a tiempo, sino de papel a papel:
el escritor alemán Johan Wolfgang Goethe, tal y como lo propone el novelista
austríaco Thomas Bernhard en su relato Goethe se muere. En la narración
de Bernhard el genio alemán yace a punto de morir en Weimar. Antes de partir
desea conocer al único hombre que ha podido considerar su heredero, el filósofo
Ludwig Wittgenstein, autor del Tractatus y de Sobre la certeza.
El genio de la lengua alemana ha encontrado a un pensador capaz de continuar
con su legado y acaso superarlo. Poco importa que más de doscientos años
separen a Goethe de Wittgenstein, pues el idioma ha servido como una barca
sobre los mares del tiempo.
¿Qué es el tiempo? Para Henri
Bergson todo intento de medirlo en espacios o divisiones puramente homogéneas
terminaría en una falsación del mismo en tanto que la experiencia de lo
temporal se inscribe desde lo subjetivo y aun desde lo intuitivo. Días, meses,
años y siglos, medidas de tiempo que, aunque reales, no podrán ser jamás
absolutas. En Cervantes se muere lo literario, o bien, la lengua en sí,
está más allá del tiempo, encontrándose en la categoría de lo bello, de lo que
no termina por decirse. En Goethe muere la lengua toma el matiz de lo
filosófico, de las nociones analíticas y místicas que quizás el genio alemán
quiso decir y no pudo, encontrándolas de cierta forma en el filósofo austríaco.
La belleza y el pensamiento son, tanto para Potdevin como para Bernhard,
elementos que no se subyugan a lo temporal, y es por esto por lo que la
aparición de García Márquez y Wittgenstein, lejos de antojarse irracional, se
muestra como apenas lógica, aun necesaria. Al igual que ocurre con el amor que
encuentra a los amantes, el tiempo, una vez que se nombra bajo los movimientos
del recuerdo o del arte, termina por unir sus líneas en un solo universo desde
el hilo de Ariadna de lo poético y lo filosófico, las luces que se heredan de
siglo a siglo.
El diálogo intertextual se inicia
con la correspondencia de una primera persona que contempla al genio moribundo.
Cervantes muere de hidropesía, rodeado por su esposa, amigos como el poeta Juan
de Mestanza, y creaciones suyas que han tomado carne, piel y voz, como Sansón
Carrasco, Sancho Panza y el infaltable Alonso Quijano, quien, ahora despojado
de su armadura, busca en su biblioteca alguna pócima capaz de librar a su
creador de la muerte. De nuevo, el autor propone una aparente irracionalidad
que solo podría inscribirse en el ámbito de lo necesario. ¿Cómo podrían
Carrasco, Sancho y el Quijote estar junto a él en sus últimos momentos? La
pregunta que debiera hacerse de acuerdo al escenario del relato podría
invertirse entonces. ¿Cómo podrían no estar? Góngora, Quevedo y Calderón de la
Barca llevaron al idioma a una expresión de la que ya no hubo retorno, pero
ninguno hizo del castellano lo que hizo Cervantes con su Quijote. Ante
tanta vitalidad imbuida en su Ingenioso Hidalgo, es apenas esperable que
lo creado tome vida y hable.
Goethe también es narrado desde una
primera persona, pero aquí Bernhard no hizo nacer a Fausto para que acompañase
a su hacedor en sus últimos días. Al igual que Mestanza en Cervantes se
muere, aparece Eckermann como discípulo del gran alemán y heredero aparente
de su obra y pensamiento. No obstante, Mestanza, el poeta olvidado, y
Eckermann, el alumno, no podrán heredar la grandeza de sus maestros por el
hecho de que su obra los ha paralizado tanto a ellos como a sus lenguas, en
tanto que todos los que los leyeron se quedaron sin habla durante siglos.
Goethe afirma que le ha hecho daño a Alemania con la inmensidad de Fausto y
el Manco de Lepanto no encontraría más caballero del castellano que el indiano
Gabriel García Márquez.
Philip Potdevin es preciso al
manejar de forma sutil, pero determinante en todos los casos, la premisa de que
las lenguas se construyen, no solo desde los hablantes, sino de qué tanto se
escriba y se piense en ellas. El eco con Goethe y la parálisis del alemán
encuentra para Potdevin un reflejo en nuestra lengua española que solo volvería
a encontrar un movimiento similar al del Siglo de Oro en el encuentro con el
Boom Latinoamericano, puntualmente en Cien años de soledad, llamado por
Pablo Neruda el Quijote de nuestro tiempo. No obstante, el autor colombiano
señala una diferencia que podría pasar desapercibida, pero que denota el
destino de ambas lenguas y por ende de ambas culturas. Bernhard pone en
palabras de Goethe que ya no es la poesía lo que importa, sino la filosofía, y
por ello la exaltación de Wittgenstein; Cervantes, al que la historia no
reconoció como poeta, buscaría siempre la poesía, y haría del español un eterno
lenguaje de versos cuya antorcha solo volvería a sostener otro novelista que
tampoco nunca fue reconocido como poeta.
Si las obras han superado a los
autores, si su grandeza ha causado mudez en cada lengua, es apenas comprensible
que Juan de Mestanza y Eckermann se sientan agredidos, indignos, a pesar de sus
talentos, de portar con el destino de todo un idioma.
Para Potdevin y Bernhard ambos
genios duermen con las obras de sus ídolos bajo las almohadas. Goethe tiene al Tractatus,
pues cree que el destino del alemán es ahora el filosófico-analítico
después de la incomprensión beligerante nacida del idealismo. Miguel de
Cervantes duerme con Cien años de soledad pues la lengua española solo
se permitirá el idealismo del amor y lo demás será entonces poesía. Ambos
duermen el sueño de la muerte y bajo sus almohadas descansa el futuro. En
cuanto a la lengua española Cervantes se muere va más allá al explicar
la completud de lo que buscó Cervantes y que solo podría encontrar en Gabo, la
fusión de lo verdadero y lo maravilloso, la realidad y la ficción, el pasado y
el futuro en un tiempo que solo puede ser presente, tal y como lo logra
Potdevin en su obra, quien además rescata el tono literario de Cervantes para
combinarlo con la ironía triste de García Márquez, para así darle paso a la
unión de los territorios y de los tiempos.
Hemos dicho con anterioridad que el
tiempo que se nombra termina por fundirse en líneas. Si el siglo XVII se funde
con el XXI o el siglo XVIII con el XX es porque el idioma se ha levantado como
una patria en común que no conoce de temporalidades, sino que las domina, y en
este sentido Philip Potdevin termina por ser más ambicioso que Thomas Bernhard
al convocar, desde la agonía de Cervantes, a todos los escritores de todos los
tiempos en lengua española a hacer fila bajo la casa de Cervantes, ubicada entre
las calles de Francos y del León en Madrid. Desde España, en un primer llamado
del Manco de Lepanto llegan Unamuno, Alberti, Machado y Lorca entre muchos
otros; después los del Nuevo Mundo atendiendo al llamado del indiano: Borges,
Cortázar, Vargas Llosa, Gabriela Mistral y Carpentier entre muchos más. Toda la
lengua castellana espera la venia de Cervantes y la llegada de Gabo.
¿Podría Gabo llegar a tiempo?
Mientras han ido a llamarlo, otros, además de Mestanza, buscan la eternidad
pronunciada por los labios de Miguel de Cervantes. No obstante, aunque la
lengua alemana pueda haberse heredado en Thomas Mann o en Musil por sobre Wittgenstein,
la historia ya nos ha dicho que la lengua española solo volvería a heredarse
desde Cervantes a Gabo De esta forma, Gabriel García Márquez levanta el fuego
del idioma. Esperemos entonces que llegue a tiempo.
El encuentro
imposible: Goethe y Cervantes y sus legatarios
de la posteridad
Anacronismo e
Intertextualidad en Thomas Bernhard y Philip Potdevin
María
del Pilar Arango Viana
Hay encuentros que solo pueden
ocurrir en la literatura. Goethe, agonizante en su casa de Weimar, espera la
llegada de Wittgenstein, un filósofo austriaco que nacerá casi medio siglo
después de su muerte. Cervantes, también próximo a la muerte, aguarda el
encuentro con Gabriel García Márquez, el escritor colombiano que llevará la
novela en español hacia un territorio que aquel, desde el siglo XVII, no podía
conocer. En ambos relatos, la historia literaria se pliega sobre sí misma: el
pasado recibe la visita de un futuro que, desde una perspectiva histórica,
todavía no existe.
La situación es imposible y,
precisamente por eso, resulta significativa. En Goethe se muere1
de Thomas Bernhard, y Cervantes se muere2 de Philip Potdevin,
el anacronismo no funciona como un simple juego erudito ni como un factor
sorpresa. La alteración de la cronología modifica la posición de los personajes
dentro de la tradición literaria. Goethe y Cervantes dejan de ser únicamente figuras
pertenecientes a un pasado que puede ser leído desde el presente: se
convierten, aunque de maneras muy distintas, en personajes con la capacidad de
mirar hacia aquello que vendrá después.
La inversión resulta especialmente
reveladora porque ambos escritores ocupan lugares centrales en la historia de
la literatura. Han sido convertidos por la tradición en figuras de referencia,
en nombres que representan una determinada idea de la literatura y de su
herencia. Pero, en este caso, ambos relatos los sitúan en una circunstancia
mucho más vulnerable: la proximidad de la muerte y la espera de otro escritor.
En Bernhard, Goethe desea conocer a
Wittgenstein: “…conminó a Kräuter a que hiciera venir a Wittgenstein, que,
costase lo que costase, lo trajera de Inglaterra a Weimar, por todos los medios
y tan pronto como fuera posible”. La elección no es casual. El filósofo
pertenece a un tiempo posterior, pero su presencia imaginada introduce una
figura capaz de desplazar el centro de gravedad que en la tradición ocupa el
gigante de las letras germánicas: “[Goethe] había quedado en definitiva
cubierto, si es que no totalmente oculto por el pensamiento de
Wittgenstein…Riemer dijo que Goethe había puesto el Tractatus por encima
de su Fausto y de todo lo que él había escrito o pensado”. El gran
escritor alemán aparece entonces no solamente como autor consagrado, sino como
un hombre enfermo, obsesionado con un encuentro que no puede producirse. La
grandeza literaria queda atravesada por la fragilidad del cuerpo y por una
espera inútil.
En Potdevin, el modo adquiere otra
tonalidad. Cervantes desea encontrarse con García Márquez, es decir, con un
escritor que pertenece a una posteridad literaria que él mismo no puede
conocer. La escena convierte al autor del Quijote en lector de su propio
futuro: Cervantes puede imaginar, admirar y esperar a quien, históricamente,
será uno de sus herederos: “que después de él, de Cervantes, que destruyó la
novela de caballerías para levantar la novela moderna con nuevos preceptos y
posibilidades, nadie sino García Márquez, el indiano -este calificativo lo usó,
al parecer, no de forma despectiva sino como tributo-, podía renovar la novela
y llevar el género a otros niveles”. El escritor del pasado puede mirar
hacia el futuro y reconocer allí una continuidad de aquello que él mismo
contribuyó a inaugurar.
La pregunta que plantean ambos
relatos no es, por tanto, únicamente qué ocurriría si dos escritores separados
por el tiempo pudieran encontrarse. Es más profunda: ¿Qué sucede cuando un
texto contemporáneo permite que una figura canónica de la tradición se
encuentre con uno de sus futuros lectores, herederos o continuadores? ¿Qué se
transforma cuando Goethe puede reunirse con Wittgenstein y Cervantes con García
Márquez? ¿Qué ocurre con la autoridad del escritor cuando la tradición deja de
avanzar en una sola dirección y permite que el pasado mire hacia su propia
posteridad?
El anacronismo abre así un espacio
de diálogo imposible entre diferentes momentos de la historia literaria. Pero
ese diálogo no produce el mismo efecto en Bernhard y en Potdevin. En el
primero, el encuentro imaginario contribuye a despojar a Goethe de su condición
monumental y a someter la figura del genio a la ironía, la enfermedad y la
muerte. En el segundo, el encuentro entre Cervantes y García Márquez permite
imaginar una continuidad afectiva y literaria entre dos momentos distantes de
la novela en lengua española. La misma transgresión temporal sirve, entonces,
para operaciones muy distintas.
El anacronismo como transformación
intertextual
El encuentro entre escritores
separados por el tiempo solo puede producirse porque los textos contemporáneos
modifican, deliberadamente, las relaciones que la historia de la literatura
había establecido entre ellos. Goethe puede esperar a Wittgenstein y Cervantes
puede desear encontrarse con García Márquez porque Bernhard y Potdevin alteran
la cronología y, al hacerlo, transforman también la imagen de esos escritores.
El anacronismo no constituye, por tanto, un simple desplazamiento temporal: es
una operación que interviene sobre textos, autores y tradiciones previamente
existentes.
Esta perspectiva permite recurrir
al concepto de intertextualidad desarrollado por Laurent Jenny3.
Para Jenny, la relación de un texto con otros textos no consiste solamente en
la presencia reconocible de materiales anteriores. El texto nuevo transforma,
desplaza y reorganiza aquello que incorpora. La intertextualidad supone así una
intervención: los elementos procedentes de otros textos o tradiciones adquieren
nuevas funciones al ser integrados en una obra diferente. Lo que importa no es
solamente reconocer la presencia de un texto anterior, sino ver qué
transformación experimenta dentro del texto que lo recibe.
En Bernhard, Goethe aparece
atrapado en una espera que no puede cumplirse. La figura de Wittgenstein
funciona como un punto de fuga que desestabiliza la autoridad del autor
clásico: “Los alemanes me veneran, aunque les he hecho más daño que nadie, para
siglos… ¡Soy el aniquilador de los alemanes! ¡Pero no me remuerde la
conciencia! ¡Quiero a Wittgenstein a mi lado!” Goethe, convertido en cuerpo
enfermo y conciencia obsesiva, ya no domina la tradición: la padece. La
posteridad no lo afirma, sino que lo inquieta. El genio se encuentra reducido a
la fragilidad de un hombre que espera una respuesta que nunca llegará.
En Potdevin, en el texto nuevo, en
cambio, Cervantes no espera desde la angustia, sino desde una forma de
conocimiento. Su deseo de encontrarse con García Márquez introduce una relación
distinta con la posteridad: no la de una ruptura, sino la de la continuidad
imaginaria. Cervantes no es despojado de su lugar en la tradición, la amplía al
incluir en él a un lector futuro: “… [estupendas], como Cervantes calificó las
novelas de García Márquez. Y que Cervantes —eso sí se lo escuché al moribundo—
las había leído y quedado hechizado; que por fin había nacido alguien que
retomara la antorcha que él había encendido, pero que luego se apagaría por
casi cuatrocientos años sin que nadie, en lengua española o en otra de la
cristiandad, captara la esencia de lo que él, Cervantes, había querido hacer en
su obra: fundir lo verdadero y lo maravilloso, la realidad y la ficción,
disolver las fronteras entre pasado, presente y porvenir”. La posteridad no
aparece como amenaza, sino como prolongación. La tradición se convierte en un
espacio de continuidad imaginaria, donde los escritores pueden conocerse a
través del tiempo sin necesidad de coincidir históricamente.
De la semejanza a la significación
y el sentido de la comparación
En los dos relatos analizados, el
lector reconoce una serie de elementos comunes: la presencia de escritores
canónicos, la irrupción de figuras posteriores a ellos, la alteración de la
cronología histórica y la posibilidad de encuentros imposibles. Sin embargo,
detenerse en estas semejanzas sería insuficiente. Exige interrogar qué produce
ese procedimiento en cada caso.
En este punto resulta útil traer la
noción de intertextualidad de Michael Riffaterre4, para quien el
sentido de un texto no depende exclusivamente de lo que dice de manera
explícita, sino de la red de relaciones que el lector activa al reconocer ecos,
transformaciones y desplazamientos de otros textos. La lectura así se convierte
en un proceso de conexiones que no siempre son evidentes en la superficie del
relato. En los cuentos de Bernhard y Potdevin, el lector no solo identifica a
Goethe, Cervantes, Wittgenstein o García Márquez, sino que activa todo el campo
de significaciones culturales e históricas que esos nombres representan.
Sin embargo, como ha señalado José
Manuel Lozada Gaya5 en su ponencia sobre Intertextualidad y
literatura comparada, en la Universidad de Oxford, la comparación no puede
reducirse a un inventario de semejanzas y diferencias. Lo fundamental es
comprender qué función cumple esta operación en cada texto y cómo modifica la
relación entre tradición y escritura contemporánea.
Desde esta mirada, la comparación
entre Bernhard y Potdevin no busca establecer una equivalencia, sino establecer
una divergencia significativa. En ambos casos el anacronismo actúa
transformando la intertextualidad, pero sus efectos son distintos.
En Bernhard la tradición aparece
como un espacio atravesado por la ironía, la enfermedad y la imposibilidad del
encuentro. El pasado no se reconcilia con su posterioridad: se enfrenta a ella.
En Potdevin, en cambio, la incorporación de Cervantes a un diálogo eventual con
García Márquez no destruye la figura del autor clásico. Sino que la reubica
dentro de una continuidad literaria. La tradición no se destruye, se convierte
en un espacio de reconocimiento a un escritor separado por el tiempo.
La diferencia no reside en la
presencia o ausencia de anacronismo, sino en el modo en que este es utilizado
para reorganizar la relación entre pasado y futuro. En Bernhard, el anacronismo
intensifica la ruptura; en Potdevin la convierte en una forma de continuidad
simbólica. En un caso, la posteridad desestabiliza la figura del escritor; en
el otro la reconfigura a través de los siglos.
En última instancia, el anacronismo
es una forma de pensamiento literario. Permite imaginar que los escritores no
pertenecen solamente a su época, sino también a las lecturas, reescrituras y
proyecciones que se hacen de ellos. Goethe y Cervantes, en los relatos de
Bernhard y Potdevin, no son figuras del pasado, son puntos de partida para
nuevas configuraciones de sentido.
De este modo la comparación de
ambos textos no concluye en una síntesis, es la apertura de un problema: cómo
leer la tradición cuando deja de ser lineal y se convierte en el punto de
encuentros imposibles.
Conclusión
En los relatos de Bernhard y
Potdevin, el anacronismo no funciona como una simple anomalía narrativa ni como
un recurso de erudición, sino como una forma de pensar la literatura desde sus
propios límites temporales. Al hacer que Goethe y Cervantes se encuentren con
figuras de su posteridad, ambos textos desestabilizan la idea de una historia
literaria lineal y cerrada, en la que cada autor ocupa un lugar inmodificable;
la tradición adquiere movilidad, posibilitando que las figuras canónicas sean
desplazadas y reconfiguradas por nuevas escrituras.
Entre la ironía y la continuidad,
entre la desacralización y el reconocimiento, ambos relatos muestran que la
literatura no solo conserva su pasado, lo reescribe constantemente. El
anacronismo, lejos de ser una excepción, aparece así como una de las formas más
eficientes de esa reescritura: una manera de hacer que los escritores sigan
dialogando más allá de los límites de su tiempo.
28 de agosto, 2026
Referencias
1 Bernhard, Thomas,
Goethe se muere, Alianza Literaria, Madrid, 2012, 120 páginas
2 Potdevin, Philip,
Cervantes se muere, Ediciones Opus Mágnum, 2026, 64 páginas
3 Laurent Jenny
Intertextualidad, rescatado en 11 de agosto de 2026 en https://www.google..com/search?q=laurent+jenny+intertextualidad&rlz=1C1ONGR-esCO995CO995&oq=laurent+jenny+intertextualidad&gs_lcrp=WUyBggAEEUOTIHCAEQlRigATIHCAIQIRigAdlBCDkONjJqMG03qAllsAlB8QUfX19cjb-A&sourceid=chrome&source=chrome.ob&ie=UTF-8
4 Michael
Riffaterre, Wikipedia, rescatado en 11 de agosto de 2026 en https://en.wikipedia.
Org/wiki/Michael_Rriffaterre
5 Losada Gaya, José
Manuel, intertextualidad y literaturacomparada, en Poligrafías Número 2,1997
rescatado en https://doi.org/10.22201/ffyl.poligrafías.1997
2.1593,
el 11 de agosto de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario