Entre las formas más demoledoras de hacer crítica política y social está la sátira. Sus efectos son inmediatos y contundentes porque a diferencia de la crítica sería, la sátira tiene licencia para ser irresponsable sobre lo que dice y cómo lo dice; a nadie le interesa saber cuáles son la fuentes de la crítica satírica o si se apoya en fundamentos de verdad o de la historia, basta revestirla de verosimilitud, agregarle una buena dosis de inteligencia, perspicacia, bastante humor ácido y lenguaje corrosivo para lograr el efecto deseado: que el destinatario —- lector o espectador— se desternille de la risa y pueda ver, al desnudo, lo que muchos no se atreven a mostrar o decir. Nada más terapéutico que presenciar la parodia de la realidad actual o de la historia o de los personajes representados en la obra.
En este sentido, la reciente Spidermarx y el ratón Bakunin, creación colectiva de El Grupo Móvil Flotante y dirigida y representada por César Badillo e Iván Darío Álvarez, es una afortunada y muy divertida crítica política. Pero no se queda en la sátira política, sino que extiende su manos para tocar con profunda ironía la esencia de lo que ella es: una obra de teatro que combina y articula la comedia con actores humanos con el teatro de títeres.
Por esa vía aparecen Marx y Bakunin durante más de hora y media de función en la que el espectador no deja de reírse a carcajadas a través de múltiples planos temáticos.
En primer lugar, hay una crítica desfachatada al colapso de los grandes metarrelatos de la izquierda del siglo XIX, XX y XXI. Marx y Bakunin —Badillo y Álvarez—, que aterrizan en Bogotá/Bacatá en un cómico congreso marxiano contemporáneo, no sólo reconocen que sus respectivos discursos, el comunismo y el anarquismo, hoy día caen en el vacío y no logran despertar el interés de las nuevas generaciones, sino que ellos mismos continúan, como siempre, enfrascados en interminables acusaciones recíprocas que pretenden deslegitimar las propuestas de cambio social del otro. Todo esto es enmarcado por otros personajes históricos que aparecen como marionetas para ratificar la profunda crisis de la izquierda, no solo la actual sino desde sus primeras fracturas históricas que llevan a posiciones irreconciliables. Entran en escena Engels, Lenín, Stalin, pero también otro revolucionario llamado Jesús; todos desfilan por el proscenio del teatro de títeres.
Pero el asunto no queda allí. Los actores giran por un torniquete invisible que les permite pasar de ser los personajes de la obra a los actores que la ensayan. Y aquí viene la segunda sátira, ya no política sino teatral. El oficio de actuar —comenzando por el canon de Stanislawski—, las dificultades de llegar a consensos en la creación colectiva, las riñas y disputas entre actores están a la orden del día, todo tamizado por el humor, el gracejo y la ironía. Pero para que todo esto funcione hay un requisito indispensable ampliamente conocido, el del bufón: que el personaje tenga la capacidad de reírse de sí mismo para después poder burlarse de los demás. Esto se logra en la obra de una manera admirable.
Y seguimos: este actor y este titiritero (Badillo y Álvarez), no dejan títere con cabeza. En el curso de la función la crítica muda, evoluciona, se transforma para ocuparse no solo del ridículo papel que hoy día hace la izquierda ante una derecha avasalladora, no solo del difícil y árido oficio de hacer teatro, sino que va tras nuevos sujetos para ponerlos en capilla: nuestro pais de la patria milagro, el movimiento feminista, los trans, el actor pauperizado que se ve obligado a vender sus libros más amados en un anden del centro, etc.
Tampoco queda por fuera el drama íntimo del actor, con su historia, sus dólares, sus pérdidas para dar el toque tragicómico necesario.
No hay razón para que los amantes del teatro se pierdan esta obra. Sabemos lo difícil que es hacer buen teatro en el país, conocemos de las limitaciones presupuestales, de la escasez de salas, de los retos que enfrentan las escuelas de actuación. Aquí, en Spidermarx y el ratón Bakunin, acudimos a comprobar la vitalidad de la dramaturgia nacional; y por ese motivo constituye un ejemplo para las nuevas generaciones al ver a dos auténticos maestros del oficio en escena.
La obra se está presentando en diversas salas de la capital. Hay que estar atentos a la programación para asegurar una butaca. Lo que se garantiza es que el espectador sale reconciliado con la vida, pues el humor sigue siendo el remedio infalible.
Philip Potdevin
Septiembre 2026

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