Emil Cioran (1911-1995) Decir que la condición humana es compleja, incongruente e incomprensible puede ser la mayor obviedad para alguien que tenga cartas en el asunto. Afirmar que el ser humano tiene en sí mismo a su peor enemigo tampoco revela perspicacia alguna. Denostar de la divinidad cristiana por haber creado el mal en el mundo, comenzando por el mismo ser humano, ya puede ser algo que genere una mínima curiosidad. Reconocer que, en definitiva, es un inconveniente haber nacido, ya perfila una línea de pensamiento más aguda. El mejor pensador suele ser el más incisivo, el que se atreve a decir lo que muchos hemos pensado pero no osamos manifestar por temor a ser señalado, excluido o “cancelado” como se dice hoy día. Sin embargo, nada más reconfortante para el alma que validar muchas de las sospechas que han rondado al ser humano desde que adquirió conciencia y racionalizó su condición; se trata de encontrar que no es ajena a nosotros la decepción, el desengaño —más allá de l...
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| Emil Cioran (1911-1995) |
El mejor pensador suele ser el más incisivo, el que se atreve a decir lo que muchos hemos pensado pero no osamos manifestar por temor a ser señalado, excluido o “cancelado” como se dice hoy día. Sin embargo, nada más reconfortante para el alma que validar muchas de las sospechas que han rondado al ser humano desde que adquirió conciencia y racionalizó su condición; se trata de encontrar que no es ajena a nosotros la decepción, el desengaño —más allá de la incredulidad o del elemental pesimismo—, el fastidio hasta llegar al asco de ver cómo la especie hace hasta lo imposible por degradarse hasta el aniquilamiento. Si no, basta observar la cotidianidad del lamentable espectáculo montado por políticos, estadistas y líderes de megaempresas; pero también el sainete del hijo del vecino, del fanfarrón de la cuadra, del patán que hace matoneo a sus compañeros o del individuo que degrada a su pareja.
Entre todos los filósofos, a cuál más célebre por huraños, sombríos, distantes, escépticos, misántropos y melancólicos, nadie iguala, ni de lejos, al rumano-francés Emil Cioran. Es fama su acrimonia, la mordacidad con la cual se despacha a sí mismo para luego emprenderla con sus semejantes. Muchos lectores no logran sostener la lectura de Cioran más de un par de páginas y lo tiran ante tanta bilis que riega sus libros. Y es entendible; a nadie le gusta que le señalen sus miserias, sobre todo las morales, las más íntimas: «¡Si pudiera elevarme al nivel de lo que hubiera querido ser! Pero no sé qué fuerza, que crece con los años, me empuja hacia abajo. Incluso para remontarme a mí superficie tengo que utilizar estratagemas en las que no puedo pensar sin ruborizarme.»
Quien haya leído o escuchado hablar de él, se pregunta: ¿Y, si estaba tan desencantado con la vida, consigo mismo y con sus congéneres, por qué no se suicidó? Y la respuesta es obvia: Porque para hablar de la vida, para desnudar la naturaleza humana, para entender nuestro tiempo y sus condiciones, hay que vivir la vida, no huir de ella. Que el resultado no sea el más reconfortante es simplemente una perspectiva, una opinión, que no se sostiene ante el mínimo rigor. ¿Acaso no hay mayor dicha que descorrer el velo con el que pretendemos difuminar lo que no queremos ver con claridad? ¿Acaso no hay que admirar hasta la simpatía a quien habla sin compromisos de ninguna especie, y está por encima de las convenciones sociales, morales, políticas y hasta las propiamente filosóficas? Acaso no es imposible soltar una carcajada ante un apunte preciso, cortante como un bisturí: «—Usted está contra todo lo que se ha hecho desde la última guerra —me decía aquella señora muy al día. —Se equivoca de fecha. Estoy contra todo lo que se ha hecho desde Adán».
Por estas mínimas razones es realmente alentador y digna de celebrar cada lectura que hacemos del adorable Cioran. ¡Dan ganas de seguir viviendo y reconciliarse con la vida!

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